Esta noche empieza en la oscuridad… pero no se queda ahí. Y quizá eso es lo primero que necesitamos recordar: que la oscuridad no tiene la última palabra. Que, aunque haya noches largas —de dudas, de cansancio, de miedo—, siempre hay algo que, muy despacio, empieza a encenderse dentro.
Hemos caminado por historias antiguas… pero en realidad eran nuestras. Porque todos sabemos lo que es no entender. Lo que es sentir que la vida aprieta. Lo que es preguntarse si de verdad todo esto tiene sentido.
Y en medio de todo, una voz suave, casi susurrada: “todo es bueno”. También tú. También tu historia. Incluso lo que te cuesta mirar. Incluso lo que no sabes cómo encajar.
Por eso hoy, esta noche, hay algo muy importante que no puedes olvidar: que nadie te quite la vida.
Que no te la quite esa necesidad de ser aceptado a cualquier precio. Porque eres más que cualquier aplauso pasajero. Que no te la quite la presión de encajar, de gustar, de ser visto. Porque tal y como eres, ya hay Alguien que te mira con una ternura que no entiende de filtros ni de exigencias.
Que no te la quiten los rechazos, ni la timidez, ni ese miedo a no ser suficiente. Vivimos en un mundo que compite, que compara, que mide… pero la vida no va de eso. La vida va de vínculos. De relaciones que, cuando las cuidas, te hacen sentir profundamente vivo.
Que no te la quiten tampoco los fracasos. Ni el dolor. Ni ese sinsentido que a veces aparece sin avisar. Porque hay momentos en los que todo parece romperse… y aun así, la vida sigue pidiendo un paso más. Solo uno. Y luego otro.
Eso también lo hemos escuchado esta noche. En Abraham, cuando no entendía y aun así siguió. En ese pueblo frente al mar, sin salida… hasta que el camino apareció. Porque hay caminos que solo se abren cuando decides avanzar.
Y sí, hay cosas en nosotros que necesitan terminar. Versiones de nosotros que ya no encajan. Heridas que piden ser soltadas. Pequeñas muertes que duelen… pero que, sin hacer ruido, preparan algo nuevo.
Por eso la Pascua no es una idea bonita. Es una experiencia. Es ese momento en el que creías que todo se acababa… y, sin saber cómo, la vida vuelve.
Pero aquí viene lo importante: la vida que tienes no es neutra. Con ella estás escribiendo una historia.
Puedes escribir una historia como la de Judas, buscando llenar vacíos con cosas que nunca sacian. O como la de Pedro, negando lo que eres por miedo. O como la de los discípulos, huyendo cuando todo se complica.
Puedes vivir desde la indiferencia cómoda de Pilato, eligiendo no elegir. O desde la frialdad de quien pasa de largo ante el dolor ajeno.
Pero también puedes elegir otra cosa.
Puedes ser ese gesto pequeño que abre una puerta cuando todo parece cerrado. Puedes ser quien se queda cuando otros se van. Puedes ser quien sostiene, quien acompaña, quien no huye del dolor del otro.
Puedes ser como María, en pie, incluso cuando duele. Como el discípulo amado, haciendo hogar en medio del caos. Como José de Arimatea, bajando de la cruz a quien ya no puede más. Como Nicodemo, llegando con las manos llenas para cuidar lo que otros abandonan.
Porque en medio de tantas historias de pasión… el mundo necesita historias de luz.
Y quizá no se trata de hacer cosas extraordinarias. Quizá se trata de vivir de otra manera. De no dejar que el miedo decida por ti. De no instalarte en la queja. De no rendirte en lo pequeño.
Porque una vida grande no es una vida fácil. No es barata. Tiene precio. El precio de amar, de arriesgar, de permanecer, de volver a empezar.
Pero tal vez ahí, en ese precio, está la belleza de haber vivido de verdad.
Y entonces llegamos al final… o mejor dicho, al comienzo.
A ese sepulcro vacío. A esa mañana distinta. A ese momento en el que todo parecía terminado… y, sin embargo, la vida se abre paso.
La Pascua no es solo lo que le pasó a Jesús. Es lo que puede pasarte a ti.
Es descubrir que incluso en lo más roto, la vida sigue latiendo. Que incluso cuando no ves salida, algo se está moviendo. Que incluso cuando duele, hay una luz que no se apaga.
Por eso, esta noche, puedes elegir.
Elegir de quién te fías. Elegir cómo quieres vivir. Elegir qué historia quieres escribir con tu vida.
Y quizá, si te atreves… dejar que Dios escriba contigo algo mucho más grande de lo que imaginas.
Así que, por favor… que nadie te quite la vida.
Y si alguna vez sientes que la pierdes… recuerda esto: la vida siempre encuentra el modo de volver.
Aunque cueste. Aunque duela.
Resucita.
Aunque te cueste la vida.

