Autor: Gabriel Castillo Jiménez

Sacerdote diocesano. Párroco de San Gregorio Bético.

Ayer escribí algo sobre mi hermano. Contaba que, por primera vez en mi vida, había cumplido exactamente los mismos días que él vivió. De pequeños bromeábamos con que nunca lo alcanzaría. Él siempre sería el mayor. Yo siempre iría detrás.Pero la muerte tiene esa crueldad: deja a unos detenidos mientras los demás seguimos caminando. Y ayer lo alcancé.Aunque hay algo que el calendario nunca entenderá. Que yo sigo siendo su hermano pequeño. Y mientras escribía aquello, comprendí algo. Que hay personas a las que seguimos queriendo incluso cuando ya no podemos abrazarlas, ayudarlas ni recibir nada de ellas. Personas que…

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Hay algo de Dios debajo de la piel Mi madre vive un poco en mis manos. Mi padre, en esa capacidad de trabajo. Y en esa forma de tomarse la vida con una perspectiva diferente. Mi abuela sigue apareciendo en mi manera de abrazar. Y hay personas que se marcharon hace años y todavía encuentran la forma de quedarse en mí. Somos una casa habitada por quienes nos han querido. Pero hay algo más. Algo que no heredamos de nadie. Una especie de luz que no conseguimos apagar ni siquiera cuando nos empeñamos en hacernos daño. Dios la puso ahí.…

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Hay quien lleva veinte años guardándole rencor a un muerto, a un antiguo amor o a un amigo que ya ni se acuerda de su nombre. Y cada mañana vuelve a discutir con él, como quien paga religiosamente el alquiler de una casa en la que ya no vive. Hay quien era feliz con su sueldo, su vida y sus vacaciones en Torrevieja hasta que abrió Instagram y descubrió que los demás desayunaban en Bali. Y empezó a sentirse pobre sin haber perdido un céntimo. Hay quien se ha fabricado una versión tan estupenda de sí mismo que ahora no…

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Hay una frase que parece una declaración de amor y algunas veces es una declaración de miedo: “No quiero perderte” Porque una cosa es querer que alguien permanezca y otra necesitar que permanezca para saber quién eres tú. Nos pasa sin darnos cuenta. Primero queremos a alguien. Después nos acostumbramos a que esté. Más tarde empezamos a necesitar determinadas pruebas de que sigue estando: que escriba, que llame, que cuente, que nos elija. Y terminamos confundiendo el cariño con una especie de derecho adquirido. Quizá por eso resulta tan inquietante la historia de la viña que cuenta Jesús. Aquellos hombres…

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Platón imaginó a unos hombres viviendo dentro de una caverna. Desde pequeños miraban una pared en la que aparecían sombras. Y como nunca habían visto otra cosa, terminaron creyendo que aquellas sombras eran la realidad. Han pasado casi dos mil quinientos años. La cueva sigue ahí. Es la misma. Pero la cueva de hoy tiene wifi. Y seguimos proyectando. Tenemos necesidad de pertenecer. Y proyectamos una vida que se parezca a la de los demás. Tenemos miedo al rechazo. Y proyectamos una versión cuidadosamente elegida de nosotros. Tenemos necesidad de sentir que valemos. Y proyectamos nuestros éxitos, nuestros planes, nuestras…

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Uno puede estar razonablemente satisfecho con su vida hasta que se entera de la vida de los demás. No hace falta una desgracia. Ni una mala noticia. A veces basta un café, una conversación o esos veinte minutos de móvil que uno abre para descansar y de los que sale necesitando unas vacaciones, un coche nuevo y otra familia. El ocho de tu hijo era una alegría hasta que apareció el diez del primo. Los tres días en la playa tenían bastante dignidad hasta que alguien decidió pasar diez en Maldivas. Y aquel coche que funcionaba perfectamente empezó a hacer…

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Hay un momento en Náufrago en el que Chuck ya no puede más. Wilson se ha ido.Ha nadado detrás de él. Lo ha llamado. Ha intentado alcanzarlo. Ha pedido perdón desde la balsa como se pide perdón a esas cosas que uno sabe que ya no van a volver. Y entonces ocurre algo pequeño. Coge los remos… y los entrega al mar. Quizá toda la película estaba esperando ese momento. Porque hay cosas que se pierden sin que nosotros queramos. Personas. Etapas. Sueños. Relaciones. Una versión de nosotros mismos. Wilson se va. Pero los remos no. Los remos los tenemos…

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Hubo un tiempo en que los anuncios de coches presumían de cosas que hoy nos harían sonreír: cinco velocidades, elevalunas eléctricos, cierre centralizado… Después empezaron a vendernos seguridad: ABS, airbags, control de estabilidad. Y llegó un momento en que ni siquiera vendían coches. Vendían sensaciones. Quizá recuerdes aquella mano jugando con el viento por la ventanilla y una pregunta: «¿Te gusta conducir?». Hoy los coches incorporan algo mucho menos poético, pero fascinante: el detector de ángulo muerto.Una pequeña luz se enciende en el retrovisor cuando hay algo que tú no ves.Y ahí está lo interesante: que tú no lo veas…

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Hay tardes que empiezan mucho antes de salir de casa. Qué me pongo. Hazme otra. Desde ahí no. Esta sí. Cincuenta fotos para elegir una. La subes. Y empieza la espera. Quién la ha visto. Quién ha reaccionado. Cuántos likes. Si la habrá visto esa persona… Y creemos que estamos mirando una fotografía. Pero quizá estamos esperando que esa fotografía nos diga algo: que gustamos, que importamos, que valemos. Hace más de dos mil años los griegos contaron la historia de Narciso. Y quizá la hemos entendido mal. Su problema no fue mirarse en el agua. Fue no poder marcharse…

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Hay personas que consiguen que saquemos nuestra mejor versión. Y otras con las que, misteriosamente, terminamos convirtiéndonos exactamente en aquello que esperan de nosotros. La psicología lleva años estudiándolo. Se llama efecto Pigmalión: las expectativas que alguien deposita sobre nosotros pueden terminar influyendo en nuestra manera de comportarnos. Si durante años te tratan como al irresponsable, quizá acabes comportándote como tal. Si todos esperan que seas «el fuerte», aprenderás a tragarte las lágrimas. Si en tu familia eres «la que siempre resuelve», probablemente nadie te preguntará si estás cansada. Y así vamos acumulando nombres que nunca aparecieron en nuestro DNI.…

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