Con el calendario avanzando sin pausa y el aroma a incienso empezando a colarse en los barrios, Granada vive ya uno de esos momentos que solo entiende quien siente la Semana Santa desde dentro. Han comenzado los ensayos de costaleros y, con ellos, las esperadas primeras levantás, las igualás y las convivencias de cuadrillas, auténtico pórtico de lo que vendrá en la próxima primavera.
En casas de hermandad, cocheras y patios, los pasos vuelven a alzarse —aunque aún sea en forma de parihuela— y el sonido seco del martillo del capataz marca el inicio de una nueva cuenta atrás. Las igualás han servido estos días para reencontrar a cuadrillas ya consolidadas y para dar la bienvenida a nuevas incorporaciones. Uno de los capataces de la ciudad, Alberto Ortega, señala en este sentido que “cada vez cuesta más hacerse un sitio bajo la trabajadera. No por falta de ganas, sino por falta de huecos.
Los costaleros de hoy, con mejor técnica que antes, se cuidan más, se preparan mejor, conocen su cuerpo y sus límites. Ya no se sufre como antes, o al menos no de la misma manera. Y eso hace que muchos aguanten más años debajo del paso, que la rotación sea menor y que los puestos se mantengan casi inamovibles”.
El ambiente es de trabajo, pero también de convivencia. Tras los ensayos, no faltan las charlas, las cervezas compartidas y esos momentos que hacen cuadrilla. “Esto no es solo cargar un paso, es una forma de vida”, comenta un costalero veterano. “Aquí se crean lazos que duran todo el año”. En ese mismo sentido se refiere Andrea Amor, costalera de la Soledad de San Jerónimo y del Señor de la Meditación. “Cuando llegan los ensayos es tiempo de reunirme con mis amigas, de compartir cómo se prevé que vaya a ser la Cuaresma, nuevos retos…”
Especial protagonismo tienen también los jóvenes aspirantes, muchos de ellos viviendo sus primeros ensayos con nervios y emoción. Luis, de 18 años, lo resume con una sonrisa difícil de disimular: “Llevo viendo a mi padre salir de costalero desde pequeño y estar aquí ahora es cumplir un sueño”.
Los capataces coinciden en destacar la responsabilidad que supone formar a estas nuevas generaciones. “A los que se acercan por primera vez a una igualá y descubren que no basta con querer, que hay que esperar, insistir, tener paciencia… y, a veces, aceptar que este año tampoco toca. Deben de entender que no es cuestión de rechazo, ni de puertas cerradas, sino de una realidad que ha cambiado. Hace algunos años, el costal era casi la única forma de que la juventud entrara de verdad en una hermandad. Era el camino natural de implicación, de pertenencia, de compromiso. Hoy, sin embargo, muchos jóvenes ya no ven en el costal ese primer paso hacia la vida cofrade. Saben que si quieren implicarse en una hermandad, no pueden esperar a entrar en las cuadrillas de costaleros”, señala Alberto Ortega.
Granada, pionera en tantos aspectos cofrades, también lo fue en incorporar a la mujer bajo las trabajaderas o mandando delante del paso. Andrea afronta su 15º año. A pesar de la veteranía, ella señala la dificultad añadida al hecho de ser mujer. “Yo creo que es como un fiel reflejo de la sociedad. La conciliación para las mujeres es más complicada, en general, y en el mundo costalero también. Las cuadrillas femeninas tienen por esa razón el problema de que la gente fluctúa mucho. En muchos casos, siguen siendo ellas las que se encargan de la casa, de criar a los hijos, cuidarlos si enferman y pierden ensayos, los embarazos…”, aunque Andrea confía en que con el tiempo todo irá mejorando, “y que cada vez haya más referentes de mujeres costaleras, porque es muy común que los chicos tengan a su padre que ha sido costalero. En mi caso particular, fui la primera de mi círculo. Ahora, a mi hermana, me he preocupado de enseñarle la postura debajo del paso o llevarla a los ensayos”.
Para Alberto Ortega, “estos ensayos que comienzan en Granada no son solo entrenamientos. Son un espejo. Un momento para preguntarnos cómo abrir caminos, cómo cuidar lo que tenemos sin cerrar lo que viene, cómo hacer que la juventud vuelva a encontrar en el costal —o más allá de él— una oportunidad para implicarse en las hermandades”. Andrea Amor quiere lanzar un último mensaje “me gustaría que se apoyase más a las costaleras, que todavía estamos un poco cuestionadas, a pesar de que hay cuadrillas que llevan más de 25 años sacando pasos”.
En lo que coinciden todos – y todas- es en que volver a colocarse el costal y sentir el peso “te pone en tu sitio, porque aquí debajo no importa quién seas fuera, importa el compromiso y el respeto al paso”.
Así, entre sudor, ilusión y órdenes medidas al milímetro, Granada vuelve a latir al compás de sus cuadrillas. Los ensayos no solo preparan músculos y pasos; preparan corazones. Porque cuando llega la Semana Santa (y esperando que la de 2026 sea completa, con pasos en las calles todos los días y las cuadrillas sientan “el peso de nuestros titulares y no el del hormigón, que ya nos toca” – apunta Miguel Alcalá), todo comienza mucho antes, justo aquí, en la primera levantá.

