Hay momentos en la vida de una ciudad en los que uno tiene la sensación de estar asistiendo a algo más que a una noticia. Momentos que, casi sin darse cuenta, pasan a formar parte de la memoria colectiva. Algo así ocurrió el pasado viernes en el Salón de Plenos del Ayuntamiento de Granada.
Quienes estábamos allí pudimos percibir que aquel espacio, tan acostumbrado al debate político, a las votaciones y a las discrepancias propias de la vida institucional, se transformó durante unos minutos en otra cosa. En un lugar donde la emoción era sincera y compartida. Una emoción de verdad, de esas que no se preparan ni se ensayan.
Granada acababa de conocer que continúa en la carrera para convertirse en Capital Europea de la Cultura en 2031. Una carrera exigente en la que ahora comparte final con Cáceres, Oviedo y Las Palmas de Gran Canaria.
Pero más allá del dato, que por supuesto es relevante, lo que muchos recordaremos será el instante previo. El silencio en la sala. Los nervios contenidos. Las miradas pendientes de una pantalla. La sensación de que, por unos segundos, toda Granada estaba pendiente de lo mismo.
En primera fila se encontraba la alcaldesa, Marifrán Carazo, esperando escuchar el nombre de la ciudad. Muy cerca, el presidente de la Confederación Granadina de Empresarios, Gerardo Cuerva, seguía el momento con gesto serio, consciente de lo que puede significar para el futuro de Granada una oportunidad como esta. También estaba Pilar Tassara, gerente de la candidatura de Granada 2031, manteniendo una serenidad admirable mientras el resto contenía la respiración.
Y entonces llegó el momento
Cuando la presidenta del comité de expertos, Tanja Mlaker, abrió el sobre y pronunció el nombre de Granada, el salón de plenos reaccionó de forma inmediata. El silencio dio paso a los aplausos, a los abrazos y a una alegría que durante unos minutos llenó la estancia.

Fue una celebración espontánea, pero también un momento profundamente emotivo.
Porque en aquella sala estaba muy presente el recuerdo de Juan Ramón Ferreira, el concejal de Cultura que trabajó intensamente en esta candidatura y que falleció de manera inesperada en Nochevieja. Su ausencia era imposible de ignorar.
Y también lo era la emoción de su esposa, Rocío, presente en el acto, mientras muchos dirigían una mirada al cielo recordando su compromiso con este proyecto.
No es habitual ver un salón de plenos así. Allí coincidieron representantes institucionales, empresarios, responsables culturales, periodistas y ciudadanos unidos por una misma sensación: que Granada estaba viviendo un momento importante para su futuro.
Después llegaron los gestos simbólicos. La salida al balcón del Ayuntamiento, la lona anunciando que Granada es finalista, las fotografías, las llamadas y los mensajes que comenzaron a circular rápidamente por toda la ciudad.

Pero lo verdaderamente significativo había ocurrido unos minutos antes. En ese breve silencio en el que Granada se preguntaba si el camino hacia 2031 seguía abierto.
Y la respuesta fue sí
A partir de ahora queda trabajo. Mucho trabajo. Convencer a Europa de que Granada tiene una propuesta sólida y demostrar que, junto a su historia, esta ciudad cuenta también con talento, creatividad y un proyecto cultural capaz de mirar al futuro.
La capitalidad cultural no es solo un título. Es una oportunidad para pensarse como ciudad y para proyectarse hacia fuera.
Quizá dentro de unos años, cuando se mire atrás y se recuerde este proceso, muchos podrán decir que estuvieron allí, en aquel momento en el salón de plenos en el que Granada supo que el sueño seguía vivo.
Porque hay instantes que no pertenecen a un gobierno ni a una institución concreta. Son de una ciudad entera. Y el del pasado viernes fue, sin duda, uno de ellos.

