La corrupción que asfixia al Partido Socialista no es un caso aislado. Es estructural. Es sistémica. Y es inseparable del modelo de poder que ha construido Pedro Sánchez: uno basado en el control férreo del partido, la desactivación de los contrapesos institucionales y la dependencia absoluta de fuerzas nacionalistas que desprecian la integridad del Estado.
Sánchez no accedió a La Moncloa como vencedor claro en las urnas, sino como artesano de una mayoría parlamentaria frágil y condicionada por cesiones a quienes han hecho del chantaje su forma de hacer política. Hoy, atrapado por los escándalos, se aferra al poder como si la descomposición moral de su Gobierno no fuera con él.
La gravedad de lo conocido es demoledora. Audios, chats, declaraciones y grabaciones que prueban no solo una trama de comisiones millonarias, sino un sistema de relaciones opacas que afectaban directamente al núcleo de Ferraz y al entorno del presidente. Su mano derecha, Santos Cerdán, actuó con conocimiento previo de las investigaciones. Su exministro, José Luis Ábalos, reincorporado a las listas tras ser defenestrado, aparece envuelto en conductas sórdidas y presuntas mordidas mientras preparaba actos de campaña. Y Sánchez, en lugar de cortar por lo sano, protegió, nombró, integró.
El daño es político, institucional y democrático. La respuesta del presidente ha sido una comparecencia partidista, una auditoría interna y el anuncio de cambios cosméticos. Pero ni el PSOE es solo un partido, ni Sánchez es solo su secretario general: es el presidente del Gobierno de España. Y lo que está en juego no es su futuro personal, sino la credibilidad de las instituciones.
España necesita una limpieza profunda. Y esa limpieza no puede hacerse desde dentro del lodazal. Es hora de devolver la palabra a los ciudadanos. No por estrategia, no por presión de la oposición, sino por una exigencia de salud democrática. Las urnas deben hablar. No puede seguir gobernando quien ha tolerado, encubierto o ignorado esta degradación.
Por responsabilidad, por dignidad y por respeto a los españoles, Pedro Sánchez debe marcharse. Y deben convocarse elecciones. Ya.

