Estaba yo debatiendo con mi amigo Ángel cuál es el mejor disco de The Cure y, claro, es un debate sin solución y una pregunta sin respuesta. Pero convinimos ambos en que el álbum que nos marcó a nosotros allá por el 92/93 fue Wish, más underground y menos comentado en los anales de la crónica musical, así que ¿para qué vamos a elegir Disintegration? Nos quedamos con este precioso vinilo rojo de los del señor Smith.
Y no os vais a arrepentir, porque un disco que empieza con ese bajo y ese redoble imposible de batería —Open— va a ser una burrada seguro; y no decepciona. Si además la segunda canción es High, pues muy mal hay que hacerlo para estropear un disco, cosa que no hicieron The Cure con este, claro. Con ambas canciones ya sabes dónde estás: en «la tierra de los sueños», que dirían La Dama se Esconde —anotado queda este pedazo de disco de los donostiarras, parlerons…—.
Mi amigo Ángel es el señor Lozano, una institución de la oscuridad granadina absolutamente incompatible con la luminosidad de sus diseños gráficos y artísticos y, por supuesto, una auténtica eminencia en The Cure, probablemente de las mayores del mundo más allá de Blackpool, la localidad de nacimiento de Smith —Robert, no confundir con los tristes de Morrissey—.
Decíamos en el capítulo U2 – The Unforgettable Fire que había algunas canciones muy Cure en él o al revés; pues bien, para los neófitos que venís a enfrentaros a esta banda mítica de nuevos románticos, hay que decir que The Cure son como si a los U2 de los ochenta y noventa les quitases las pilas Duracell y unos quince puntos de velocidad. Bebiendo de fuentes muy parecidas, unos hacen casi siempre pop y los otros casi siempre shoegaze, rock alternativo o eso que se dio por llamar «música siniestra», con looks a lo Tim Burton. El post-punk, los nuevos románticos, la épica y las toneladas de magia élfica están muy presentes en ambas bandas —y en otras de la época—, pero unos lo llevan a un sitio más común y otros menos. Ojo, tonterías las justas: cuando The Cure quieren hacer pop, tiembla el misterio. Pónganse Wendy Time o Friday I’m in Love y luego me cuentan.
Wendy Time es una canción redonda, con potencial para estar semanas en el número uno de las listas de la época. El problema es que dura cinco minutos y medio y acabas odiando el wah-wah del arreglo de guitarra —lo mismo que te pasa con Jimi Hendrix, pero sin pizca de blues por ningún sitio—. El caso es que lo que todos hubiéramos hecho en tres minutos y algo, ellos lo hacen el doble de largo porque les da la gana y porque para lo otro ya estaban U2, justamente.
Además, no pasa nada: el séptimo corte —el que abre el segundo vinilo— es Friday I’m in Love, y arrasaron con ella en todas las listas y durante muchas más semanas de las que hubiera estado Wendy Time. ¿Siniestros? Pues ya quisiéramos los demás.
I don’t care if Monday’s blue
Tuesday’s grey and Wednesday too
Thursday, I don’t care about you
It’s Friday, I’m in love
Monday you can fall apart
Tuesday, Wednesday break my heart
Oh, Thursday doesn’t even start
It’s Friday, I’m in love
¿Cómo se puede llevar esa pinta y ser tan moña? Los siniestros y Eduardo Manostijeras tienen sus corazoncitos, qué os creíais… mi amigo Lozano, también.
Menudo pedazo de canción, madre mía: no hay ni una sola corchea mal pensada. Es genial y ya. Te ilumina el corazón, quieres cantar y bailar, pero con elegancia y contención y sin sonreír, que eso está muy mal visto en el lado oscuro.
Por si te habías animado demasiado, te colocan luego Trust, una balada de cinco minutos treinta. Pero claro, qué balada… Acabas de invitar a cenar a Galadriel en el Five Guys de Rivendel y te acaba de decir que sí (a todo lo que quieras y para siempre). Cuando pongas corazoncitos en WhatsApp, piensa en esta canción de The Cure a partir de ahora. Y ojo con Cut, otro tema con el que cualquiera daría por satisfecha ya su carrera.
Pero volvemos a Rivendel con To Wish Impossible Things: panderetas, violines, flautillas y hachas medievales incluidas. Regusto celta, pero con la elegancia de Qué verde era mi valle y un punto pesado, para qué vamos a engañarnos. Podría no estar, pero no serían The Cure.
Empezamos el disco con Open y lo acabamos con End. La imaginación al poder. End está alineada con los discos más puristas de The Cure en la década anterior: ruidismo, atmósferas densas, distorsión a nivel once y seis minutos cuarenta y cinco segundos de tema. El final adecuado para dejar claro que esto lo inventaron ellos. Si te supera, todavía no eres bienvenido en el club de las greñas y los ojos pintados. Pero piénsatelo un poco, porque te vas a perder canciones inexplicablemente preciosas.
Un señor discazo, con permiso de Disintegration.

