Decíamos en la columna anterior (Metronomy – The English Riviera) que andaba yo escuchando un podcast de Radio 3 —la radio del Presi. ¿Qué haríamos sin él?…—, donde estaban analizando el nuevo disco de Rosalía, pero me despisté porque justamente sonaron Metronomy y se me fue el santo al cielo. Esa misma tarde y al día siguiente escuché concienzudamente LUX, y aunque en esta columna yo solo quiero hablar de música universal, sin etiquetas, me parece que en este caso estoy obligado a hablar de música independiente, porque si el disco de la catalana no es JUSTAMENTE ESO —artísticamente hablando—, yo tiro la toalla y jamás volveré a abrir este debate.
Lo mejor de LUX es que tienes que escucharlo tres veces (o cuatro) para empezar a entender algo. Si Madonna no salía de su asombro tras escucharlo sin parar varios días, ¿quién soy yo para estar por encima de la reina del pop? Otro “lo mejor” de este disco, porque tiene varios, es que Rosalía se coloca en las antípodas de lo que venía haciendo, no ya de su disco y singles anteriores, sino también de todo lo anterior y de sus orígenes en 2017 con Los Ángeles. Esto ya no es El mal querer, ni Motomami, ahora es otra cosa y todo lo anterior está dentro también. Cuando las cosas están hechas, parece fácil inventarlas, pero no lo es, y en este elepé mezclar la sinfónica con la música urbana, el flamenco, la electrónica y, ya puestos, prenderle fuego al manual de estilo del pop con pasajes psicodélicos locos como en La Yugular o Berghain, es una genialidad, pero una genialidad complicada, que quizá pocos artistas pueden permitirse. Si lo hubiera hecho alguien poco conocido —ojo, que quizá ya esté hecho por ese alguien—, nadie lo sabría o sería muy difícil comunicarlo y difundirlo consiguiendo la atención de un planeta entero. Ahí es donde entra lo no indie, la chequera y el trabajo de las multinacionales. El mercado musical es así, duro, implacable y cotiza en bolsa; pero eso no quita que lanzar un disco con algo que suena al Carmina Burana es tan inesperado como valiente, genial y loco; o puede que todo a la vez. Pero el caso es que yo a Rosalía le veo muy poco de loca. De todo lo demás va sobrada.
La Perla es un vals (ajuste de cuentas “shakiriano” y muy poco elegante, aparte). Repito, un vals-pop, en pleno 2025. Inaudito y bello a partes iguales, en lo musical. Y ahí está la gracia, en que ella va rompiendo fronteras sin parar y parece que sin mirar atrás.
Sin embargo, admito que a mí me cuesta saber qué es este disco. Es más una obra conceptual, una obra de arte musical, que un álbum al uso. Y tampoco sé si se trata de pop o de qué. De hecho, no hay singles evidentes, no hay canciones coreables en estadios —ni para playlist de spinning—; las cuerdas de De Madrugá me recuerdan algunos pasajes de El Amor Brujo de Falla. What?… Yes. No es un disco fácil y menos con canciones en inglés, japonés, portugués e italiano, pero el caso es que te parece muy natural toda esa mezcla de lenguas.
Y vamos con otro “lo mejor”: sigue defendiendo su trabajo, en su mayoría, en español y convenciendo a medio planeta con él, a la parte hispanohablante y a la que no lo es. Desde Julio Iglesias (reverencia mediante), inaudito de nuevo.
Les confieso que si sonaran ahora Metronomy, Midlake o León Benavente, como me pasó en la columna mencionada arriba, se me iría el santo al cielo de nuevo y la piel se me pondría de gallina, sin embargo, no me pasa con Rosalía. No me veo duchándome con LUX o corriendo por la vega de Granada con él en mis cascos. Igual me pasa con C. Tangana y muchos otros. Reconozco el talento, pero no me pidan que me tatúe el tracklist. Uno viene de donde viene, qué le vamos a hacer. También les digo que no veo yo ni a la catalana ni al madrileño preocupados por el estado de mi piel de gallina. Normal.
Concluyamos: en ocho años, Rosalía ha hecho cuatro discos cambiando una y otra vez sus registros, pero conservando su esencia y sin olvidar nunca la raíz flamenca de donde viene (maravillosa La Rumba del Perdón, con Estrella Morente y Silvia Pérez Cruz a su lado; ni el Real Madrid tiene ese banquillo). Lo fácil sería continuar con la línea de discos y singles anteriores, porque ya lo tenía todo, pero no. Y ahí está su grandeza.
En estos ocho años ha puesto el mundo a sus pies, haciendo la música que le apetece, la que le pide el cuerpo, la cabeza y el alma (ya, ya, y su multinacional, que sí). Pero eso, amigos, es la definición de MÚSICA INDEPENDIENTE —digan lo que digan los señores con Excel—.
Rosalía, LUX
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