Estaba hace unos días escuchando un podcast de Radio3 en el que hablaban del nuevo disco de Rosalía (¿alguien en el mundo desconoce que tiene nuevo disco y que se llama LUX?), y estaba disfrutando y analizando atentamente todo esto nuevo que nos propone la de Barcelona, ensimismado en mis pensamientos musicales, hasta que la locutora cambió de tercio y sonó Heartbreaker de Metronomy -menudo bajo, Dios mío- y mi cuerpo, cual perro de Pavlov, comenzó a segregar todos los líquidos corporales habidos y por haber y mi cabeza olvidó a Rosalía por completo.
Acto seguido cogí el móvil y puse en mis altavoces (los tochos), “The English Riviera” y empecé a recordar cosas maravillosas… Metronomy están de despedida y para celebrarla, si es que algo así es celebrable (se lo digo por experiencia), el grupo británico ha hecho un recopilatorio con sus mejores canciones, entre las que está Heartbreaker, como es normal y de la que hablaba la locutora; el problema es que deberían estar las once de “The English Riviera”. Recordé de forma meridiana que fui yo quien descubrió el disco a través de alguien que me lo pasó en 2011 o 2012 y que empecé a ponerlo en la furgoneta mutante y todos nos quedamos sin respiración, ¿pero cómo podía molar tanto aquello, por favor? y caímos enamorados de la moda juvenil, que dirían los Radio Futura. Y es que justamente a eso suenan este disco y estas canciones. A juvenil, a joven, a fresco, a playa, a sol, a ganas de vivir, y a Electrónica, a Funk y a Pop. Los tres con mayúsculas, sí.
Si les digo Olugbenga Adelekan, lo lógico es que ustedes me digan que muy bien y que quién es ese señor. Normal, yo es que lo he mirado en Wikipedia, no se crean. Pero el caso es que si hubiera un Nobel del arte del bajo (el instrumento, no el enorme cantante español de 163 centímetros), deberían dárselo a Adelekan, bajista de Metronomy, de una elegancia, complicidad, complejidad y precisión inauditas y dignas del doctorado de cualquier musicólogo. Junto a las melodías playeras de Joseph Mount (cantante y compositor), las deliciosas baterías contenidas de Anna Prior y las mágicas guitarras, teclados y coros de Michael Lovet y Oscar Cash el grupo es (era), simplemente una burrada y este disco, una joya y una oda a la mejor música popular que occidente, a veces, no muchas, es capaz de fabricar para el universo. Y eso, amigos, significa para siempre.
El disco comienza con unas gaviotas autóctonas seguramente de algún acantilado de Dover, y un bajo (el amigo Adelekan) haciendo el funky suavito para entrar en We Broke Free, una balada deliciosa digna de la sombra de cualquier cocotero caribeño. Misteriosamente, las caderas se te empiezan a deslizar en horizontal aunque intentes evitarlo y cuando crees que casi lo controlas llega Everything Goes My Way, y ahora ya bailas de pie en el salón sin saber por qué. También crees que lo vas a controlar, pero no, porque detrás viene The Look y ya no hay remedio, que va. Y tras ella She Want. Ni remedio ni medicina, estás perdido “for ever”. Ojo, que no hemos llegado a la mitad del disco y no hemos llegado a The Bay, séptimo corte y la canción del desmayo, si es que alguna no lo es. Íbamos por la cuarta y yo habría dado ya tres Nobel. Con The Bay habría que inventar otros premios de la música y dárselos todos a ellos. El disco no flojea en ningún momento. Loving Arm, Corinne, Some Written (qué delicia de arreglo de sintetizador, por Dios, qué batería, qué bajo y qué últimos tres minutos. La elegancia hecha pop) y Love Underline, corte número once, el que sobra en todos los discos. Aquí no. En este quieres once más.
Escuchen esta maravilla de álbum y grupo si no los conocen. Ninguna de mis palabras va a acercarse siquiera a describirlos.
Por cierto, yo estaba escuchando a Rosalía, pero la cabra tira al monte, que le vamos a hacer. Prometo hablarles de ella otro día.
METRONOMY – The English Riviera
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