Agila es un disco tan raro y tiene unos saxos y unas trompetas tan horteras que es un milagro que mole tanto —no se asusten sus acérrimos seguidores, que esto va a acabar bien—. No se quedan atrás los cambios de ritmo, tempo, guitarras y punteos inacabables de guitarras distorsionadas. Tampoco sus momentos metal ni los parecidos más que razonables con Leño, Rosendo, Kiko Veneno, Barricada y Pata Negra. Hasta un poco de Triana y Camarón. Y por encima de todo, Robe Iniesta con sus letras locas, su voz rota —ni siquiera es bonita ni canta bien— y cierto regusto por Led Zeppelin y varias leyendas del rock progresivo.
¿Y cómo puede ser que mezcles todo eso y salga bien? Pues he ahí la magia de la música. El reciclaje se inventó con Johann Sebastian Bach, no lo inventó Ecoembes ni el cambio climático; y en eso estamos, reciclando notas, acordes, ritmos y melodías desde hace quinientos años. Una magia que no se agota y que, en el caso de Extremoduro e Iniesta, ha tenido resultados increíbles y ha conseguido que 50.000 almas fueran a despedirse del compositor de Plasencia el día de su velatorio.
Robe nos ha dejado a todos un poco huérfanos y eso es algo que no va a tener remedio.
Este disco es de 1996, yo andaba por entonces peleándome con media España para lograr publicar nuestro primer disco, y nuestras referencias estaban en las antípodas de Extremoduro. Sin embargo, ya había varios músicos muy reconocidos y reconocibles del mundillo alternativo —Juan Alberto mutante entre ellos— que eran bastante fan de Extremoduro y, en especial, de este disco. En cualquier pub cool de Granada podían ponerte Stone Roses, Rage Against the Machine, una de Sonic Youth y, de repente, So payaso, y el pub se caía. Y es que Extremoduro, en cierta medida, es un grupo sin identidad. No hay que ser nada para que te guste o no, igual que pasa con Leño, Pata Negra o Camarón —llegará esa columna, lo juro—, porque hay algo universal en esas letras y esos estribillos que te atrapan independientemente de tu tribu. Por eso todo el mundo canta y baila God Save the Queen o Should I Stay or Should I Go de Sex Pistols o The Clash. Da igual de dónde vengas y hacia dónde vayas: son como un rayo que te atraviesa directamente el corazón y la cabeza.
Todo es especial y diferente en este disco: el saxo con el que comienza Buscando una luna no tiene sentido con el resto de la canción. Es como mezclar a Joe Cocker con Barricada, pero joder, FUNCIONA. No me pregunten por qué, pero funciona. Claro, es importante tener ahí al trovador español del siglo XXI cantándote unas letras cautivadoras de esa forma tan especial y, para muestra, pónganse Prometeo o Sucede, navegando ahora por varias bandas míticas de nuestro rock más ochentero, desde Leño a Obús, pero con textos mucho mejores.
Y hago cola sin parar
En la puerta de algún bar
Yo estoy borracho, consumo las horas
Mientras encuentro alguna luna que ande sola
Genial eso de «alguna luna que ande sola».
Y claro, en este disco está So payaso, una canción de otro universo:
(…)
A ver qué me dice después…
So payaso y me tiemblan los pies a su lado
Me dice que estoy descolori’o
La empiezo a besar
A ver qué me dice después
So cretino y me tiemblan los pies a su lado
Me dice que estoy desconoci’o
Empiezo a pensar
A ver qué me dice después
Dos generaciones han cantado ese estribillo sin parar. La nuestra y la de muchos de nuestros hijos, porque es genial y te dan ganas de chillar, saltar y cantar al oírlo. Sin duda, llegaremos a una tercera.
Y eso son, en esencia, Extremoduro y Robe Iniesta.
El disco es larguísimo, todavía quedan nueve cortes, pero claro, la quinta es El día de la bestia y te da igual las que queden. Tomás, ¡Qué sonrisa tan rara!, Cabezabajo, Ábreme el pecho y registra, la increíble y bella Todos me dicen —vuelta de Joe Cocker incluida—… y cierran con Me estoy quitando y, claro, entregas la cuchara para siempre.
No voy a venir yo aquí a descubrir al genio extremeño, ni a su banda, ni su forma de entender la música y la lírica. Simplemente me apetecía escribir sobre este disco, como homenaje y porque es tremendo de bueno (y de raro). Por eso es genial.
Hay algo muy especial en el rock de Extremoduro y en este disco esa magia supura por los cuatro costados para dejar de ser un disco de rock y convertirse en trece himnos de nuestro día a día, mientras buscamos lunas que anden solas.
Por siempre Extremoduro, por siempre Robe Iniesta.
Pónganse Agila y disfruten.

