No me refiero a la patrona de los mineros, sino a cuando nos acordamos de ella…
Viene esto a cuento porque hace unas pocas semanas le pedí a una colega granadina una fotografía que me interesaba y ella me podía conseguir. Recibí la fotografía solo unos pocos días después y se disculpó por la tardanza de su contestación. Debo decir que ya me gustaría que tal diligencia fuera universal; quienes hayan coordinado una publicación -o cualquier tipo de actividad- que implique a varias personas compartirán conmigo la pereza con la que cumplen los compromisos adquiridos -este no era el
caso que ahora relato, obviamente-, incluso aunque la respuesta pudiera ser más beneficiosa para la persona interpelada que para la demandante.
La explicación del supuesto retraso, que no era en absoluto necesaria, me pareció no solo más que justificada, sino muy reconfortante desde el punto de vista profesional: había estado trabajando como experta en geología en la emergencia de Grazalema.
Vaya por delante mi solidaridad con todas las personas afectadas, en diversa medida, por las catástrofes, siempre con pérdidas considerables y muy trágicas en ocasiones, para a continuación congratularme con la sociedad por recurrir a especialistas en geología para mitigar los desastres naturales. Refuerza este necesario reconocimiento el siguiente titular que el diario El País publicó por aquellas fechas: «Grazalema
aprende a vivir en la diáspora: “Lo que está salvando al pueblo son las instituciones y la ciencia”».
La ciencia… esa a la que reclamamos soluciones inmediatas cuando estamos inmersos en algún tipo de crisis y esa a la que tan sencillo resulta recortar su apoyo en lugar de fomentar su desarrollo. Porque la investigación de los procesos naturales tiene carácter predictivo: el estudio del funcionamiento de nuestro planeta dinámico nos permite prever las medidas de mitigación de los riesgos que genera, mediante la aplicación de medidas preventivas.
Por ejemplo, apoyarse en un mínimo estudio hidrogeológico no habría permitido la construcción en una zona inundable, asociada a periodos de retorno, de las instalaciones centrales de un organismo dependiente del ministerio con competencias en medio ambiente. Ya se podrán imaginar las consecuencias o bien conocerlas a través de los medios de comunicación granadinos.
Lo mismo puede aplicarse a erupciones volcánicas, terremotos, tsunamis, deslizamientos de ladera (de recurrente actualidad en el entorno del embalse de Rules), etc.
Es bien sabido entre colegas que los estudios de geológicas que imparte la Facultad de Ciencias de la Universidad de Granada gozan de un bien ganado prestigio que trasciende nuestras fronteras. Justamente así me lo ratificaban, hace unos pocos días, los comentarios de un miembro relevante de la American Association of Petroleum Geologists (AAPG) al conocer que me gradué en tal licenciatura y en dicha universidad.
Por supuesto, hay numerosos indicadores más objetivos que dicho comentario, si bien debo añadir que el motivo por el que me desplacé a estudiar geológicas en Granada fue, sobre todo, por el ampliamente reconocido prestigio que ya aceptábamos hace casi medio siglo.
De hecho, quienes quieran conocer su historia y sus magníficos profesores (tuve el privilegio de disfrutar de la maestría de algunos de ellos, como la señorita Asunción Linares, Pascual Rivas, Juan Antonio Vera…) tienen a su alcance la publicación conmemorativa de los primeros 50 años de su recorrido en la colección
Universidad de Granada. Historia y Patrimonio.
Precisamente en estos momentos tenemos la guinda del impacto que la geología granadina ha producido y sigue generando en España, dado que las máximas representantes de las dos instituciones primordiales de la geología española son geólogas licenciadas y ubicadas en Granada: la directora del Instituto Geológico y Minero de España (ebook gratuito de sus 175 años de historia) y la presidenta de la Sociedad Geológica de España (cuyos 40 años de trayectoria se recogen en un artículo de libre acceso). Además, en Granada se sitúa el Instituto Andaluz de Ciencias de la Tierra del Consejo Superior de Investigaciones Científicas.
Dado que estas rápidas pinceladas apenas resumen el crucial papel de la geología y de sus profesionales en nuestra calidad de vida, podemos aportar otro ejemplo tan actual como de consecuencias escalofriantes: el mundo está ahora mismo patas arriba por el control de la producción -y distribución- del petróleo y del gas, en cuyas reservas mundiales tiene mucho que ver nuestra disciplina.
En la misma línea, la demanda de recursos naturales estratégicos, de los que la consejería competente de la Junta de Andalucía informa que se han detectado 1.993 indicios de 19 minerales críticos y tierras raras en la comunidad, podría llevarnos en el futuro a situaciones semejantes de dependencia.
Pues eso, que conviene, antes de que llueva, promover la I+D en la identificación y gestión de los riesgos y de los recursos naturales para no tener que acordarnos de la geología solo cuando truena.

