El más remoto recuerdo que conservo sobre divulgación científica me remite a Luis Miravitlles. Se popularizó en programas de TVE y publicó en 1969 un libro que, en aquellos tiempos, superó ampliamente el millón de ejemplares. Tal éxito se fundamentó en su publicación en la serie Biblioteca Básica Salvat-libro RTV, algunos de cuyos títulos se compraban en mi casa (no todos, que había que mantener un hogar de ocho personas con recursos limitados). El número 33, que es el que nos ocupa y ahora tengo entre las manos, lleva el sugestivo título de Visado para el futuro y, ya hace más de medio siglo, desarrollaba temas como Las máquinas ¿son inteligentes?, Biocibernética o Hacia un cerebro mundial. Quienes recuerden a este divulgador pionero muy probablemente estarán sometidos a la dictadura de las estatinas y/o a tratamientos para la hipertensión.
Su sucesor en los tiempos televisivos alcanzó una popularidad mucho mayor, tanta que no será necesario glosar aquí los méritos de Félix Rodríguez de la Fuente, compendiados en una magnífica exposición producida por la Fundación BBVA y la Fundación Félix Rodríguez de la Fuente con motivo del 25 aniversario de su desaparición, en la que tuve el honor de colaborar como asesor científico.
Y un trío de mis divulgadores de cabecera se podría completar con Carl Sagan, pues la programación de la serie Cosmos en televisión consiguió expandir la curiosidad y el amor por la astronomía tanto como las películas de Steven Spielberg lo hicieron por la paleontología, si bien en este último caso la motivación no fue divulgativa sino comercial.
La divulgación científica consiste en una actividad encaminada a difundir el conocimiento científico y tecnológico de forma que sean accesibles e inteligibles para una población no especializada. Su resultado es el incremento de la cultura científica individual y colectiva. El acercamiento de la ciencia a la sociedad ha estado protagonizado tradicionalmente por personas dedicadas a la investigación y la gestión cultural, periodistas, docentes, entre otras, e instituciones como los museos y centros de ciencia(s). La divulgación científica consistiría así en la difusión de la ciencia fuera de los laboratorios y de la enseñanza reglada para presentarse en espacios públicos. Es decir, quien ha descubierto algo, ya sea de modo primario o porque ha descubierto lo que otros descubrieron y tiene capacidad e interés de hacerlo, se lo cuenta al conjunto de la sociedad. Los canales que permiten tal fluidez serán objeto de comentario en la siguiente tribuna, que cerrará la introducción al mundo de la comunicación social de la ciencia en el que se mueve Paciencia.
Quien se quiera entretener, cultivar o discrepar de estos conceptos, no se debería perder Comunicación de la ciencia 2.0 en España (López-Pérez, 2016). Es cierto que el panorama de la comunicación de la ciencia se está desarrollando ahora mediante novedosos formatos, que mudan constantemente, y que las ediciones digitales de los periódicos ya dejaron de ser novedad hace tiempo, pero es conveniente conocer los orígenes y fundamentos de lo que tratamos de hacer.
La divulgación científica ha superado ampliamente una etapa en la que se consideraba una actividad menor, con el foco estelar apuntando a quienes investigaban, hasta el punto de que hay quienes rechazaban impartir conferencias para el público en general con el formidable argumento de que “le pagaban por investigar y punto”. Felizmente, la transferencia de resultados de la investigación no solo es ahora una exigencia de proyectos con financiación pública, sino un escenario aprehendido por los equipos de investigación para conseguir tanto popularidad como soporte financiero a sus trabajos, precisamente por su impacto entre la sociedad.
En los últimos tiempos se ha producido, además, un fenómeno de difusión, a modo Big Bang, en el que numerosos tipos de perfiles -representativos de todas las diversidades-participan en el festín de la divulgación científica, gracias al interés de los medios audiovisuales por esta faceta y del acceso a herramientas digitales que permiten generar contenidos fácilmente y distribuirlos sin costes. De hecho, se ha convertido en un modo de vida para quienes se han graduado o incluso han accedido al doctorado, siendo requeridos para eventos que no solo llenan auditorios sino incluso estadios.
Hay quienes han apostado por la divulgación científica desde hace muchísimo tiempo, y es caso emblemático la convocatorio desde A Coruña de los Premios Prismas Casa de las Ciencias a la divulgación. Este año se celebró su 38º convocatoria, así como el 40º aniversario de creación de la propia Casa de las Ciencias. Los premios se han ido adaptando a los nuevos formatos que iban surgiendo y ahora se establecen siete categorías (vídeo, nuevos medios, proyectos de divulgación sobre el agua en el medio urbano, artículo periodístico, radio, proyectos singulares y libro editado). Además, el Jurado otorga un Prisma Especial a personas o instituciones que se hayan significado por su especial contribución a la divulgación científica.
No podía finalizar esta tribuna de mejor modo que felicitando al Instituto de Astrofísica de Andalucía (IAA-CSIC) por haber merecido el Prisma Especial del Jurado -el galardón más prestigioso y difícil de conseguir- por su sólido proyecto de comunicación científica caracterizado por la calidad y la audacia en la exploración de nuevos formatos. Recomiendo que exploren y disfruten del universo de producciones divulgativas imaginativas, sorprendentes, participativas y de factura suprema que propone, maravillosemiliamente, su equipo.

