Cuando tenía dieciséis o diecisiete años este disco me cambió la vida, al menos un poco. Fue uno de los primeros vinilos que tuve, lo heredé de mi cuñada. A ella no le gustaban U2, alguien se lo había regalado y me lo dio a mí, suponiendo que, como músico en ciernes, debían gustarme… y acertó.
No es que fuera yo muy fan de U2 en aquellos momentos. Cuando empezamos a pensar en tener un grupo yo venía de un ambiente diferente al de mis compañeros y escuchaba más bien la radio de la época, llena casi al 100 % de grupos pop-rock de la movida y, por tanto, en español. Pero me acababa de comprar un reproductor de vinilo muy básico, y este fue el cuarto o quinto disco físico que entró en casa. Tampoco los altavoces eran muy allá, pero cuando empezaba a sonar A Sort of Homecoming, con ese ritmo en timbales tan guapo de Larry Mullen, flipaba y me pasé años intentando imitarlo con mis baquetas sobre los sillones y sofás de casa. Esperaba a que mis hermanos y mi madre se fueran, me ponía el disco a todo trapo y lanzaba golpes por doquier, imaginándome que estaba en Wembley ante miles de personas.
Nunca toqué en Wembley y tampoco supe hacer bien ese ritmo jamás. Y lo peor es que el siguiente, el ritmo de Pride (In the Name of Love), tampoco, para qué nos vamos a engañar. Son bastante endiablados los ritmos de U2: imaginativos, sincopados, atmosféricos… y bueno, creo que si me pusiera a estudiarlos, digo yo que me acercaría.
Pero aquí lo importante no es esto, sino que llevamos dos temazos increíbles que abren un disco maravilloso de los dublineses. Habrá quien prefiera Boy, o War, Rattle and Hum o Achtung Baby. Difícil elección, sí. Igual lo que tenemos que hacer es hablar de todos ellos, petit à petit, como dicen los franceses, pero yo, por implicaciones emocionales, me quedo con este The Unforgettable Fire. La música que te marca a los dieciséis se queda ahí para siempre, es indeleble, y os juro que fueron muchas horas de mi adolescencia “tocando” este disco y memorizando sus ritmos y melodías.
Pero no es solo por eso. La tercera canción es Wire —y ya van tres canciones tremendas…—: arpegio maravilloso de entrada, bajo distorsionado sobresaliente, guitarras de The Edge impecables (el del gorro, sí, pero no el de Amaral) y, como siempre en esta época, melodías alucinantes y épicas de Bono, que canta como si fuera a acabarse el mundo y susurra y grita como nadie en la historia del pop. En este caso, por cierto, sí que haría el ritmo de Clayton con los ojos cerrados. Uno sencillo de vez en cuando no mata a nadie. También sé hacer el siguiente, pero no se lo digan a nadie.
The Unforgettable Fire, la cuarta canción, es quizá la más “The Cure” de todas —deseando estoy hablar de los de Robert Smith, por cierto; todo llegará. Prometido— Y nada: cuarta canción, cuarto desmayo. Es tremendo todo en este tema. Se nota largamente la mano de Brian Eno y Daniel Lanois —a este último lo menciono por quedar bien, porque no tenía ni idea de quién era; pero al menos yo lo admito—. Los buscaron para experimentar, conseguir atmósferas diferentes y no repetir el sonido y los conceptos de War. Y vive Dios que lo consiguieron —y eso que Eno no quería producirlos—.
Es verdad que el tema suena a The Cure, pero también puede que sea al revés, porque yo creo que en esos años se estaban alimentando muchas bandas parecidas en el entorno de la música británica —como lean esto los irlandeses, me fusilan y con razón—, que darían bandas enormes como The Smiths, The Charlatans o James, entre lo romántico, lo siniestro, lo alternativo y lo épico, con capacidad de hacer canciones tan bellas como Promenade —quinto corte de este disco— y destrozar las listas del planeta entero sin despeinarse.
No estoy descubriendo el fuego hablando de este disco, pero tampoco hemos venido a eso. De lo que se trata es de compartir y escuchar discos maravillosos, y este, sin duda, es uno de ellos, con seis o siete singles imperecederos en su interior, como por ejemplo Bad, la sexta canción del elepé. Tan sencilla que da susto de lo bien hecha que está. Escúchala y verás, te quieres casar con Bono todo el rato —aunque luego se te pase—, sobre todo cuando llega a Júpiter con sus agudos en el estribillo central y se queda tan pancho. Seis minutos de canción que parecen dos. Y eso es lo mejor que se puede decir de una canción.
En fin, el disco acaba con Indian Summer Sky, Elvis Presley and America y MLK, y si eres músico la reflexión inmediata es: ¿pero qué he hecho con mi vida? Pues eso.
En 1990 fui a ver a U2 al Vicente Calderón —aviso a la generación Z: era un estadio de fútbol en el que jugaba Simeone; ha cambiado de estadio, ¡pero el tío sigue ahí!, mientras que los U2 ni salen ya en televisión… ¿aquí hay una reflexión, no?—. Fin del inciso generacional.
Decía que fui a ver a U2 con mis amigos Juan Alberto y Celia. Estaban ya con la gira de Achtung Baby, pero Celia y yo cantábamos las canciones de este The Unforgettable Fire como si no hubiera un mañana, y lo seguimos haciendo cuando nos emborrachamos. Todo el mundo iba con camisetas de la banda, pero yo decidí ponerme una camisa de flores. Algún día conseguiré ser normal, lo juro.
Mientras tanto, pónganse este disco a todo trapo. No se arrepentirán.
U2 – The Unforgettable Fire
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