Cuando escribía mi libro Indilogía. Una antología de la música alternativa española decidí no incluir en él artistas y bandas a partir de 2020, para dejar respirar a la nueva e interesante generación de músicos que abanderan ahora mismo el movimiento —eso del indie— y porque antologar a grupos con un disco o disco y medio es bastante absurdo. Pues bien, hoy voy a hacer lo contrario y, donde dije Diego… Pero es por una buena causa y, sobre todo, por un buen disco: Alcalá Norte, de —adivinen— Alcalá Norte.
Vi hace unos días una crónica/post de mi querido Fernando Neira sobre su reciente concierto en La Riviera, donde decía literalmente «cómo moláis, chicos…» y les vaticinaba que van a llegar a ser muy grandes, más de lo que ya lo son. Y me dije: «joder, es que el disco es una maravilla». Así que voy a hablar de él, aunque solo tengan este y aunque sea una incógnita cómo será el segundo. Otro buen y querido amigo, Pau Roca, de La Habitación Roja, me dijo hace unos meses que no eran solo buenos musicalmente, que las letras eran tremendas y que La sangre del pobre parecía un texto de Pío Baroja. Y, efectivamente, lo parece. Es la canción que abre el disco y sí, tiene parecidos muy razonables con The Cure y con canciones del primer disco de Héroes del Silencio, que a su vez ya imitaban a The Cure —al principio y, como diría un indie de pro, cuando los de Zaragoza molaban—. Vive Dios que El mar no cesa caerá en esta columna más pronto que tarde.
El caso es que es una canción muy, muy buena, da igual los referentes que tenga. Aunque no te enteres de nada, la letra es emocionante y la voz de Álvaro Rivas, muy personal y algo gangosa, te atrapa desde el primer segundo:
Y guarda el rico en la llaga del pobre su pesada billetera
Y dice dar la limosna cuando eyacula sobre miseria
Ahí es nada. Dos frases complicadas si quieres hacer pop radiable, cosa que parece no ser el leitmotiv de los madrileños, al menos por ahora.
Las referencias a The Cure, Joy Division, Stone Roses y lo mejor del post-punk británico no cesan en todo el disco, así que dicho queda: no hace falta insistir. El bajo y las guitarras suenan a eso y lo siguen haciendo en Los chavales, 420N y Supermán —más cerca esta última del punk que del post ídem—, para girar en Westminster hacia Depeche Mode, la épica siniestra y alguna frontera cercana al metal, pero con un rollo de muerte —literal: oigan los órganos a lo Familia Addams y el speech sobre Dios, los ángeles y la muerte eterna—.
Y llega La vida cañón, sexto corte del álbum y uno de los temas que los ha hecho grandes entre un público que empieza a ser masivo —siempre fuera de las radiofórmulas, claro está; esto no cambia en este país ni a puñetazos—. Vanguardia y casticismo a partes iguales. Receta demoledora que funciona estupendamente, a juzgar por la amplia oleada de grupos alternativos actuales que utilizan un lenguaje muy parecido al de Alcalá Norte. Es una canción con vocación de himno generacional y justo eso es lo que ha pasado. Música, soledad, drogas, Instagram y sueños sobre una vida «cañón» que algún día tiene que llegar, mezclado todo con algún ideal castizo de décadas pasadas —Las Ventas en zona de sombra, el puro y el mantón—. En realidad la letra es muy sencilla, pero sugerente a más no poder, y con un envoltorio musical posmoderno. Lo dicho: los ingredientes de un himno.
Personalmente me encanta El rey de los judíos. Abundando en lo ya dicho, es un medio tiempo envolvente, con otra letra mística y sugerente. Ojo, que no hay muchos artistas así en España —místicos y sugerentes, digo; más bien lo contrario—. Ahí está el valor del grupo. No llores, Dr. G es otra canción chulísima, una balada al estilo Alcalá Norte; es decir, menos balada de lo que debería, pero con un estribillo glorioso, transiciones limpias, melodías muy buenas y arreglos de guitarra y bajo maravillosos. Un poco alta de más la batería para mi gusto, pero eso la hace muy ochentera y para qué vamos a engañarnos, vuelve a tener un rollazo mortal.
Y llegamos a La calle Elfo y, tras ocho temas muy buenos, cabrea que la novena sea otra canción tremenda. Empiezo a pensar que ya está bien, ¿no? Escúchenla; poco más puedo añadir yo. Dan ganas de cantarla todo el rato y ya.
Gracias a Dios, Langemarck y El guerrero marroquí son dos canciones normales. Buenas, pero normales; incluso prescindible la primera, porque si no estaríamos hablando del disco de la década y tampoco hay que exagerar. Piensen ustedes que estos chiquillos tienen que hacer un nuevo disco y enfrentarse a los leones en breve. Dejemos trabajar a la banda. Espero que artículos como este y otros no les creen demasiada presión —seguro que el mío no— y que nos sorprendan con un nuevo disco estupendo. Por ahora disfrutemos del primero, que efectivamente es muy bueno y demuestra que la música alternativa sigue soñando y tiene relevos.
E intentemos, mientras tanto, tener una vida cañón.
Alcalá Norte – Alcalá Norte
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