La transición de las vacaciones a la rutina puede sentirse como un choque para el cuerpo y la mente, un mecanismo de ajuste que a veces se impone con fuerza. El psicólogo Kiko Pérez lo describe con claridad: el Síndrome Post Vacaciones (SPV) es “la expresión de nuestro cuerpo ante la vuelta a la rutina de trabajo, estudio u otras responsabilidades”. No es un trastorno grave, sino una respuesta natural al fin del descanso y a la reactivación de obligaciones.
Durante las vacaciones, el cuerpo se adapta a un estado relajado: se “apaga” el modo de esfuerzo, se prioriza el placer y la inactividad, y el organismo responde superando la tensión de lo habitual. Sin embargo, al regresar, esa «economía del sufrimiento» (ahorrar energía y evitarse un esfuerzo innecesario) provoca una respuesta contraria, similar al Principio de Arquímedes, en sentido inverso, según explica Pérez. El resultado: astenia, cansancio, falta de motivación… síntomas que, a pesar de ser normales y temporales, incomodan. Afortunadamente, retomar horarios, rutina y aplicar las “3D” (Deporte, Dieta equilibrada y Descanso) son estrategias eficaces para normalizar el retorno.
¿Cuánto nos afecta realmente?
No es una sensación aislada. Según estudios del Hospital Quirónsalud, el síndrome postvacacional afecta a alrededor del 30% de la población adulta, quienes sienten ansiedad, cansancio o apatía tras reincorporarse a sus labores. Algunas fuentes elevan este rango entre el 30% y el 40%, particularmente cuando el descanso fue prolongado o la rutina anterior era muy exigente. Incluso hay informes como el de Adecco que estiman que hasta el 66% de los trabajadores presentan síntomas relacionados, aunque no todos alcanzan la gravedad de un síndrome.
Impacto en la productividad y economía
Más allá del plano personal, el síndrome postvacacional también tiene consecuencias colectivas. Estudios de Randstad señalan que durante la primera semana tras el regreso de vacaciones la productividad de las empresas puede descender hasta un 30%, debido al cansancio, la falta de concentración y la dificultad para retomar el ritmo. Aunque este inconveniente es temporal y se normaliza en pocos días, supone un problema para la organización laboral y ha llevado a muchas compañías a implantar programas de “reincorporación gradual” o actividades de motivación para moderar la vuelta.

¿Cómo se sufre emocionalmente el SPV?
Los síntomas pueden manifestarse en varios niveles y combinaciones. Muchos sufren una sensación persistente de fatiga generalizada y astenia, acompañada de insomnio o somnolencia diurna, disminución de la concentración y pérdida de motivación. El estado de ánimo puede decaer, generando irritabilidad, tristeza o incluso distorsiones cognitivas como bloqueo o ansiedad.
El medio Salud MAPFRE añade que en casos más intensos el malestar va más allá, generando palpitaciones, sudoración, tensiones físicas o cambios de humor marcados que, si no se resuelven pronto, pueden derivar en ansiedad prolongada.
¿Por qué nos cuesta tanto cambiar el chip?
El cambio de ritmo implica una realineación en varios aspectos: horarios de sueño, alimentación, responsabilidades y ocio. Cuando las vacaciones son largas y nos alejan significativamente del ritmo habitual, el regreso puede sentirse como un desajuste agresivo. Al mismo tiempo, personas con baja tolerancia a la frustración, escasa resiliencia o insatisfacción laboral son más vulnerables
Las “Sunday Scaries” o síndrome del domingo por la tarde (ansiedad anticipatoria previa al lunes o el fin de las vacaciones) añade otra capa al SPV. Incluso el humor ha bautizado esa mezcla de ansiedad e inevitabilidad como “síndrome prepostvacacional”.
Estrategias para la reincorporación
Los expertos coinciden en que la clave está en la transición gradual. Algunas recomendaciones útiles podrían ser: volver unos días antes al trabajo, para adaptarse nuevamente a los horarios, planificar el regreso con objetivos sencillos e ir subiendo la carga progresivamente, mantener actividades de entretenimiento y tiempo libre tras la reincorporación, cuidar la alimentación, el descanso y el ejercicio físico y darse permiso para readaptarse y no exigirse al máximo en los primeros días.

Volver con cuidado es volver mejor

El síndrome postvacacional no es una patología, sino un cuadro adaptativo inevitable. Atribuirle un nombre ayuda a comprenderlo y aliviarlo, como bien sugiere Kiko Pérez: “no está de moda sufrir ni pasarlo mal, así que le ponemos un nombre para entenderlo, justificarlo y afrontarlo”.
En la mayoría de los casos, unos días de rutina, buenos hábitos y paciencia bastan para recuperar el ritmo. Cuando esos síntomas persisten más allá de dos semanas o afectan la calidad de vida, entonces sí conviene consultar a un especialista. Porque no se trata de volver cuanto antes, sino de hacerlo preparados y equilibrados.

