El foco no se predica; se protege.
Y se protege dejando de hacer. Si no desactivas inercias, la organización seguirá llenando agendas para no pensar y se instalará una rutina que pierde sentido, pero nadie se atreve a cuestionar.
El antídoto es institucionalizar el “stop-doing”: declarar, con dueño y fecha, lo que vas a dejar de hacer porque ya no aporta. Es disciplina, no capricho.
Un buen “stop-doing” parte de dos listas: “lo que me trajo aquí” (hábitos que te hicieron eficaz) y “lo que hoy me frena” (lo mismo, pero en exceso o fuera de contexto).
Decidir con datos perfectos te trajo hasta aquí; hoy te hace decidir tarde.
Estar en todo te dio control; hoy frena la autonomía del equipo.
Corregir slides te salvó una vez; hoy te roba el tiempo de corregir procesos. Cambia la lista y cambia tu impacto.
Traduce ese análisis a reglas prácticas: decisiones en 30’ con la mejor información disponible cuando afecten a cliente o equipo; no asistir a reuniones sin decisión que te corresponda; prohibir correcciones nocturnas de cosmética y dedicar ese tiempo a rediseñar sistemas de día. Complementa con un rito de conversación de 45’ (hechos y fricciones, priorización y compromisos SMART, revisión a 30 días). Hablar ordena.
Además, crea un comité quincenal con “1 decisión, 1 stop-doing, 1 mejora” en 30 minutos cronometrados.
Mide lo que importa: % de pilotos con fecha de cierre, duplicidades eliminadas, tiempos de decisión. Así pasa de declaración inspiradora a resultados visibles.
El foco no se encuentra: se defiende dejando de hacer lo que ya no suma.
Para poner en práctica mañana
• Escribe tus dos listas: “lo que me trajo aquí / lo que hoy me frena” y conviértelas en tres reglas nuevas.
• Agenda un rito de 45’ con el equipo (hechos, priorización, compromisos SMART, revisión 30 días).
• Instala el comité quincenal de “1 decisión, 1 stop-doing, 1 mejora” (30’).
Al rincón de pensar… y avanti

