“Los héroes clásicos reflejados en los espejos cóncavos dan el Esperpento.” Valle- Inclán lo escribió para explicar que hay países que solo se entienden deformados, como en un espejo de feria: no para reírse, sino para ver la verdad sin maquillaje. El problema es que en 2026 el espejo ya no está en el teatro: está en el móvil. Y lo que devuelve no es un personaje grotesco, sino una realidad cotidiana: la vivienda como examen de acceso a la vida adulta.
Torrente vuelve y el país se prepara para reír. Perfecto. El problema es que la comedia dura dos horas, y la vivienda dura años… Y cuando un país se acostumbra a que lo indecente sea rutina, la risa deja de ser alivio y se convierte en anestesia.
En ese espejo aparecen dos rutas y ninguna es amable. El alquiler se parece a pedir permiso para existir: nómina, aval, vida entera en PDF, entrevistas disfrazadas de “visitas”, y al final la frase más desmoralizante del siglo XXI: “ya le diremos algo”. La compra, en cambio, se ha convertido en un pacto a largo plazo con el miedo: el miedo al tipo de interés, al plazo, al mercado, al imprevisto; el miedo a que la vida se te complique y el banco no entienda de complicaciones. Y lo más inquietante es que, en ambos casos, no estás eligiendo casa: estás eligiendo nivel de ansiedad.
Por eso me acuerdo a menudo de Alicia en el país de las maravillas. Alicia llega a una encrucijada: un camino a derechas, otro a izquierdas, y en medio un árbol con un gato subido a la rama, mirando con esa calma insolente del que lo sabe todo. Alicia le pregunta con educación (casi con desesperación) qué camino debe tomar. Y el gato responde: “depende de adónde quieras ir”. Ella confiesa que no lo sabe. Y el gato, que no es malo, pero tampoco es sentimental, remata: “entonces da igual el camino que
cojas”.
Esa escena, que parece un cuento infantil, explica demasiado bien la España de hoy. Porque hay un momento en la vida en el que el problema no es haber tomado el camino equivocado: el problema es no haber podido fijar una meta con libertad. Si no sabes (o no puedes) decidir dónde quieres vivir, cuánto puedes pagar, si puedes formar un hogar sin hipotecar tu futuro, entonces la elección se convierte en trámite. Y cuando la elección se convierte en trámite, ya no eliges tú: elige la vida por ti. El alquiler te empuja a la provisionalidad; la compra te empuja a la deuda; y entre ambas fuerzas mucha gente no se construye un plan, sino que sobrevive a un calendario.
Y cuando bajas de la metáfora al suelo (al mercado de verdad) el espejo devuelve cifras que ya no admiten romanticismo. Para no hablar en abstracto conviene fijar dos ideas básicas.
La primera es qué entendemos por “salario modal”; no es el salario medio ni el salario “deseable”, sino el salario más frecuente en España, el que más se repite entre los sueldos. Dicho en cristiano: el sueldo que cobra más gente, no el que sale al promediarlo todo. El INE lo publica en su Encuesta Anual de Estructura Salarial y, precisamente por eso, tiene tanta fuerza para este debate; porque no describe a los que mejor van, ni siquiera a una “clase media” idealizada, sino al pelotón principal, la base real del país.
La segunda idea es qué esfuerzo de pago se considera prudente. El Banco de España, cuando habla de la salud financiera de los hogares, usa como referencia que la cuota hipotecaria no debería pasar, aproximadamente, del 30% de los ingresos netos de la unidad familiar como umbral de riesgo. No es una norma escrita en piedra; es un criterio de prudencia: a partir de ahí la vida se vuelve frágil, porque cualquier imprevisto (una subida de tipos, una baja, un niño, una reparación, un despido) y la cuenta te mira y te dice: hasta aquí.
Con esas dos reglas sencillas (salario “más común” y cuota “prudente”) salen números que, en teoría, permitirían planificar: para una persona con salario modal, el “techo” razonable de compra se mueve en el entorno de los 90-100 mil euros; para una pareja con dos salarios modales, alrededor de 175 – 195 mil (hablando de hipotecas al 3% y plazos largos). Sobre el papel, parece un camino: una cifra, un objetivo, una vida ordenada.
Pero ahí llega la parte que se menciona en voz baja y que lo cambia todo; comprar no es solo que la cuota te quepa. Comprar exige haber pasado antes por un filtro previo que es casi “clasista” por diseño: tener ahorrado, como mínimo, el 20% de entrada, porque la financiación típica no cubre el 100%. Y además, fuera de la hipoteca, están los impuestos y gastos de la operación (notaría, registro, gestoría…), que no son calderilla…
En castellano llano; puedes ser perfectamente solvente para pagar una cuota razonable, y aun así quedarte fuera porque no has tenido tiempo (o margen) para acumular ese ahorro inicial. Ese es el punto donde la vivienda deja de ser un proyecto y se convierte en un filtro vital, no te mide solo por lo que ganas, sino por lo que has podido ahorrar, que no es lo mismo. Esto pasa cuando el coste del techo corre
más que los sueldos, no es que la gente no llegue; es que la meta se aleja…
A partir de ahí, basta un experimento doméstico (y sí, voy a hacerle publicidad a Idealista aunque no me paguen un céntimo) para entender por qué tanta gente vive en modo “Alicia”… abrir un portal inmobiliario, poner “ciudad de Granada” y fijar máximo 100.000 €. El resultado, por sí solo, ya es un retrato: obra nueva, ninguna; en buen estado, 64 viviendas. ¡Sesenta y cuatro! para una ciudad entera. Y entonces viene el remate que parece escrito por Valle-Inclán: de esas 64, 44 aparecen señaladas en el propio anuncio como “ocupadas” o con incidencia de ocupación. No es un titular político ni una tertulia: es el catálogo. Es decir, cuando filtras por lo que una persona media podría pagar, la oferta no solo es escasa, es que además, una parte enorme llega con asterisco, con advertencia, con letra pequeña. Y ahí ya no estamos discutiendo sobre gustos, ni sobre “zonas”, ni sobre preferencias, estamos hablando
de viabilidad, de si el sistema está permitiendo elegir o está empujando a aceptar lo que toque.
Y aquí, como otras ocasiones cuento un ejemplo… porque me gustan los ejemplos y porque lo personal aclara lo que el debate enreda. Además si la compra tiene pared, el alquiler se ha convertido en jaula.
Tengo un amigo (probablemente el más inteligente que tengo y son unos cuantos…) que acaba de conseguir, por fin, una plaza de catedrático. Y digo “por fin” porque tiene mi edad; llegar ahí le ha costado años de estudio, tesis, artículos, oposiciones, incertidumbre y una carrera que no perdona. Su decisión vital no estuvo centrada en construir un hogar; estuvo centrada en hacer lo que le gustaba y en seguir el camino que la vida le iba poniendo delante. Alquiler aquí, alquiler allá. Nada raro: lo que ha hecho media España. Y ahora, cuando mira la compra con la cabeza de adulto, se encuentra con la pregunta más cruel de todas:
¿Cómo demonios ahorras para la entrada si estás pagando un alquiler cada mes?
De hecho, el mismo experimento doméstico anterior se vuelve aún más áspero con el alquiler. Si filtras “Granada” por “330 €”, no sale nada; si subes a “400 €”, aparecen cuatro anuncios… y además como alquiler de temporada, no alquiler estable, con contratos de meses (hasta un máximo de 11) que te condenan a vivir con la maleta mental siempre a medio hacer. Y si llevas el umbral a 650 €, aparecen 65 viviendas para toda Granada… con otro detalle que parece menor hasta que no lo es, al menos para mí, ninguna admite mascotas(luego si no puedo ir con mi perro a la casa-piso le pueden dar…). Es decir: incluso cuando el número “parece” subir, la estabilidad se encoge, y el hogar se vuelve un sitio donde vives “mientras tanto”, con condiciones que te recuerdan quién manda. Un país serio no puede ofrecer hogares en formato “temporada”, esto no debería de tener que escribirlo, esto lo saben hasta los niños. Mi padre, que ya no está (físicamente hablando), contaba su historia que hoy suena a ciencia ficción.
Mis padres emigraron a Suiza a finales de los sesenta. Trabajaron como campeones: mi padre enlazaba curros, hacía chapuzas en los descansos y por las noches vigilaba obras. Volvieron a Granada y, con lo ahorrado, compraron dos pisos en la Carretera de la Sierra (zona de expansión entonces), compraron el bajo donde nació Tu Súper, la furgoneta, la llenaron de mercancía… y todavía les sobró un millón de pesetas (que, para los millennials y posteriores, son unos 6.000 euros). “Sin préstamos ni pollas”, decía él.
La gente se queda con la frase y cree que el secreto era la voluntad. No; el secreto era el contexto. Se construyó mucho, muchísimo. Había oferta mucha oferta. Y aquí viene el dato que lo explica mejor que cualquier tertulia. Entre 1960 y 1979 España construyó 5,4 millones de viviendas: una media de unas 270.000 al año. En cambio, entre 2010 y 2020, el país terminó aproximadamente 1,08 millones de viviendas: cerca de 98.000 al año. Tres veces menos ritmo sostenido. Y cuando la oferta cae así, el esfuerzo personal deja de ser ascensor y se convierte en rueda de hámster.
Para que nadie se pierda en porcentajes; hablamos de una España que entonces rondaba los 30 millones de habitantes y que hoy ronda los 50 millones. Punto, y encima tenemos a esos benditos millones de visitantes empujando la misma puerta. Un país más grande, con más gente buscando lo mismo, un sitio donde vivir sin sentirse de paso. La diferencia es que antes (con todos los defectos de la época) se
trabajaba con un horizonte que parecía de obra, planes a doce o dieciséis años vista, grúas, suelo, barrios enteros naciendo.
Hoy, en cambio, da la impresión de que se gobierna con un horizonte de doce o dieciséis días; un titular, una bronca, un tuit, una medida para apagar un incendio y a otra cosa. Y así es imposible resolver nada serio, porque la vivienda no se arregla a golpe de eslogan: se arregla con continuidad, con ejecución y con reglas estables.
No hace falta partidismo para entenderlo: esto no es una “maldición generacional” ni un capricho del mercado. Es una combinación de oferta insuficiente y reglas lentas, agravada por un país que ha tratado la vivienda como campo de batalla ideológico en lugar de como infraestructura. Cuando la oferta no crece al ritmo de la demanda, el precio sube: eso lo entiende cualquiera. Lo que no se entiende (o no se quiere entender) es por qué la oferta tarda años en reaccionar; suelo finalista escaso, licencias que se eternizan, plazos administrativos que desincentivan, inseguridad normativa que enfría inversión y una ejecución pública incapaz de ir a la velocidad del problema.
Y en paralelo, un incentivo perverso que rara vez se admite en voz alta; el desorden favorece a quien ya está dentro. Si entrar es difícil, las llaves valen más. Si la estabilidad escasea, la renta sube. Si la gente compite por migajas, el sistema se vuelve cómodo para el que ya tiene pan, y eso, si es que los que mandan lo quieren cambiar(que a veces lo dudo), no se cambia con discursos: se cambia con oferta, o no cambiará.
Si Valle-Inclán levantara hoy la cabeza, no escribiría un ensayo. Sacaría la navaja. Vería el espejo cóncavo… y se reiría. Porque hoy el espejo ya no está en una pared, está en el móvil. Y no deforma, retrata.
En la pantalla, dos caminos: “alquiler” y “compra”. A la derecha, el alquiler: once meses de permiso para respirar, “temporada” como eufemismo de “no te acomodes”, y una cláusula invisible que dice: tu vida no te pertenece.
A la izquierda, la compra: un túnel largo con peaje de entrada (20% por delante) y el resto firmado a treinta años, como si el futuro fuera una hipoteca y no una promesa. En el árbol ya no hay gato sabio: hay un algoritmo. No te pregunta adónde quieres ir, te mira el sueldo y decide por ti. Si no vienes con ventaja, no eliges, te resignas. Y entonces aparecería el coro de corbata, el de siempre, con su rosario de excusas:
“es el mercado”, “ya ahorrarás”, “no vivas en el centro”.
Valle-Inclán apuntaría lo único importante, que esto no es un problema de actitud, es un problema de oferta y de tiempo. Antes se construía a años vista. Ahora se gobierna a días vista. Y así el techo se convierte en premio y el país en sala de espera. Luego cerraría el cuaderno, escupiría una verdad incómoda y se iría: el esperpento ya no es literatura; es vivienda.
Por cerrar el círculo, contextualizo a Valle-Inclán que nació en 1866, y han pasado casi 160 años, y conviene pensarlo un segundo, por aquel entonces, si una persona nacía en Cuba o en Puerto Rico, nacía española; no por metáfora, sino por realidad política y administrativa de la época. Y aun así, Valle-Inclán tuvo que inventar el esperpento para retratar una realidad deformada. Lo inquietante es que nosotros hemos conseguido algo peor, convertir esa deformación en rutina. Que el alquiler sea temporal, que el ahorro sea imposible, que la compra sea una oposición y que la oferta “asequible” venga con asterisco… y que aun así lo tratemos como normal. Por eso el regreso de Torrente funciona como símbolo involuntario, nos reímos de la caricatura mientras aceptamos el sistema que la alimenta.
Esto no es postureo, es un grito (educado, pero grito) a unos gobernantes inútiles que, por cálculo, por pereza o por cobardía, han sido incapaces de pensar en su gente a largo plazo. Ojo que contextualizo, llamo “inútil” no al que cae mal, sino al que no es útil para lo único que se le paga: resolver problemas reales con planificación, ejecución y continuidad. Si un gobierno (del color que sea) no aumenta oferta, no acelera licencias y no da reglas estables, entonces para el ciudadano no está gobernando: está ocupando el cargo.
La vivienda no pide épica; pide método: suelo y licencias a velocidad de problema, reglas estables, construcción sostenida y alquiler de larga duración con seguridad para ambas partes. Lo demás es ruido. Y en un país donde el techo decide la vida, el ruido ya no es inocente: es cómplice.
Si queremos “recuperar un imperio”, que sea el único que merece la pena, el de hacer bien las cosas, el de planificar a años y ejecutar a diario; “el de volver a ser un país que construye hogares en vez de fabricar excusas”.

