Volver a tu colegio no es volver a un edificio. Es volver a una versión antigua de ti mismo que creías archivada, pero no borrada. Hay lugares que funcionan como un disco duro: entras, respiras, miras un pasillo y, sin pedir permiso, se abren carpetas que llevaban décadas en silencio. A mí me pasó en cuanto crucé ayer la puerta de Escolapios Granada, con el Genil al lado, el día del reencuentro de la promoción del 85.
No fue un “qué bien lo pasamos” y ya. Fue una sacudida. Me dio nostalgia tocar el gresite verde de los pasillos, el olor a colegio (esa mezcla de limpieza, madera, tiza y patio), y sobre todo las caras. Lo que me impresionó no fue solo reconocer nombres: fue reconocer gestos. Expresiones intactas. Miradas que, aunque la vida te haya llenado de responsabilidades, siguen teniendo la misma luz… Sin duda, fue impresionante.
Y sí: después de 25 años, me sorprendió comprobar cómo algunas compañeras conservaban esa forma de reír y de mirar que te coloca, de golpe, en el mismo sitio en el que estabasp con 13 o 15 años. No es idealizar el pasado: es constatar que hay cosas que el tiempo no consigue borrar del todo.
En la convocatoria nos juntamos cerca de un centenar entre antiguos alumnos y profesores (la cifra exacta da igual: lo importante es lo que significa). Volvimos gente de distintos grupos, vidas y ciudades. Y aquí apareció algo que me pareció extremadamente interesante: ver el camino que cada uno ha recorrido hacia su propia idea de éxito.
Éxito entendido de muchas maneras, como tiene que ser. Había quien ha levantado proyectos y empresas, quien ha construido su vida desde el trabajo constante sin hacer ruido, quien se ha convertido en un pilar familiar (grandes madres y grandes padres), y quien, a su manera, ha conseguido ambas cosas a la vez. Y, al mirarnos, entendías que no existe un único guion: existen trayectorias. Y cada una merece respeto.
Lo más potente es que no fuimos solo “los de entonces”: también vinieron profesores que forman parte de nuestra historia personal. Verlos allí, mezclados con nosotros, fue una de esas escenas que no se olvidan porque te reconcilian con tu propia biografía. Aun así, en un reencuentro siempre hay ausencias que pesan. Eché de menos a la Urquízar, a Campos, a Cánovas, al padre don Antonio de Lora… Nombres que, para quienes pasamos por esas aulas, no son solo docentes: son capítulos. Gente que te marcó sin que te dieras cuenta y que, con los años, entiendes mejor.
Ahora bien: si este encuentro tiene un matiz especial, es por una razón generacional que parece anecdótica pero no lo es. Somos probablemente de las últimas promociones que terminaron el colegio sin móvil. Dicho rápido suena a chascarrillo. En realidad explica mucho.
Me resulta casi surrealista ver a un presidente del Gobierno y al propietario de una red social cruzándose en público como si esto fuera un patio (pero un patio sin profesores). Sánchez sostiene que el espacio digital se ha descontrolado y plantea restringir el acceso de menores y exigir responsabilidades; Musk responde con ataques personales (muy en su estilo).
Y yo, que vengo de una promoción que fue la última sin móvil, no puedo evitar pensar que la tecnología es un medio, no una comunidad: si quieres que un vínculo dure, no lo dejes únicamente en manos de una plataforma.
No es que no tuviéramos WhatsApp: es que no teníamos una red que sujetara la vida por defecto. Cuando terminaba el curso (y sobre todo cuando terminaba el colegio), el mundo se dispersaba de verdad. Si perdías un teléfono fijo, si alguien cambiaba de casa, si el trabajo te absorbía o la vida te llevaba a otra ciudad, podías desaparecer sin drama… y sin retorno fácil. Por eso, a muchos nos ha costado tanto volver a encontrarnos: no había “grupo” que sostuviera el hilo. Y cuando un hilo se corta durante años, hace falta algo más que un “a ver si quedamos” para atarlo de nuevo.
Tiene su ironía: ahora que la tecnología promete conectarnos, el encuentro cara a cara se ha convertido casi en un lujo. Nosotros, que no teníamos tecnología para mantener esa continuidad, hemos necesitado décadas para conseguirlo. Pero quizá por eso, cuando por fin sucede, el momento tiene un valor enorme. Porque no es una notificación: es un abrazo. No es un “me gusta”: es una conversación larga. No es una foto: es una tarde entera.
Por eso me gustó que la jornada empezara con un recorrido por el colegio. Caminar por los mismos pasillos es comprobar que la memoria no es un archivo; es una recreación. Nada es exactamente como lo recordabas, pero todo es inmediatamente reconocible. Y en esa mezcla de familiaridad y sorpresa, te das cuenta de que el tiempo ha pasado… pero no se ha llevado lo esencial.
Luego vino el acto en el Salón de Actos, con esos detalles pequeños que, bien elegidos, se vuelven enormes: una pulsera conmemorativa, una pegatina con estética retro. En una época en la que todo se guarda en la nube, de pronto tenía sentido llevarte algo físico, casi como antes: un símbolo de “esto ocurrió de verdad”.
Y después, lo mejor: lo que no cabe en una crónica porque solo cabe en la piel. Reencontrarme con mi gente. Con mi Rosa. Con mi Ginés. Con mi Elo, con mi Patri (embarazadísima, de esas barrigas que ya anuncian cuenta atrás)Con Raúl Martín, Con Medina, el Queco, la Pili, con Oliver, con Zurita, con Amat, con Lolo, con Triana… Podría seguir hasta casi 100! Y de hecho seguimos, porque ese es el punto: cuando vuelves a ver a uno, te devuelve a otro, y ese a otro, y así hasta que entiendes que no estás reencontrando “personas sueltas”, sino una parte completa de tu vida.
Hubo también un momento divertido y muy de este tiempo: un concurso Kahoot con anécdotas. Volvimos a un colegio de los ochenta para competir con móviles. Y funcionó. Porque la tecnología, cuando se pone al servicio de lo humano, suma. Las risas y los gritos no venían de acertar una pregunta: venían de lo que se desataba detrás de cada pregunta. De esa sensación de “¿te acuerdas de…?” que es, en el fondo, una forma de decir “me importaste”.
Salí de allí con una idea clara: la amistad en la vida adulta se parece menos a un archivo y más a un jardín. Si no lo riegas, no es que “se pierda” de golpe: se seca sin hacer ruido. Y por eso este reencuentro no debería ser un punto final, sino un reinicio.
Ojalá no tengamos que esperar otros 25 años. La vida es experta en aplazar lo importante con excusas perfectas: trabajo, hijos, distancia, cansancio. Pero el tiempo no negocia. Y hay abrazos que, si se dejan para demasiado tarde, ya no llegan.
Volvimos a Escolapios junto al Genil y “desbloqueamos” recuerdos. Me gusta ese verbo, porque resume bien lo que pasó: no inventamos nada; solo abrimos lo que ya estaba dentro. Y lo que encontramos fue sencillo y grande a la vez: que seguimos siendo (cada uno con su vida, su manera de entender el éxito y su ritmo) una pequeña familia capaz de reconocerse sin wifi, sin filtros y sin necesidad de explicarse demasiado.

