De vez en cuando aparece alguien que, tras recorrer medio mundo, regresa convencido de que puede explicarnos el nuestro. Esta semana tocó el turno a un periodista que decidió resumir la historia de Granada en un chiste mal contado. Qué milagro: quinientos años convertidos en ocurrencia de gala. Pero la cultura, por fortuna, no cabe en su guion ni en su aplauso fácil.
Asistí la semana pasada a una gala organizada por un medio de comunicación. Entre los invitados estaba uno de sus periodistas estrella, un hombre visiblemente satisfecho de sí mismo que presumía de haber aprendido a contar lo que pasa en el mundo desde la frontera entre la vida y la muerte: Gaza, Kiev, un rincón de la Amazonía peruana. Lugares donde —nos dijo— la realidad se aleja hasta el infinito de los problemas que nos afectan.
Su discurso, que no difería mucho del de tantos corresponsales con épica incorporada, terminó, sin embargo, en un derrape inesperado. Con su mesetarismo a cuestas nos recordó a los pobres granaínos la suerte que tuvimos al ser “reconquistados” por los Reyes Católicos hace más de quinientos años. Y se quedó tan pancho, como si acabara de ofrecernos una revelación providencial.
La base de su argumento estaba diluido entre las líneas de su relato: viajar mucho otorga una especie de autoridad moral para opinar de todo. Hasta de lo que se ignora.
Y quizá por eso me incomodó especialmente su comentario. Porque en los últimos artículos he insistido en una idea que me parece esencial: la cultura no es un decorado, es una forma de hacer mejor la sociedad. Es el espacio donde aprendemos a pensar, a dudar, a reconocernos en la pluralidad. Si manipulamos la historia para convertirla en un arma identitaria, dejamos de usar la cultura como puente y la reducimos al zafio populismo; perdemos su capacidad de cohesionarnos y retrocedemos a discursos que simplifican siglos de convivencia en un simple bando ganador.
Su comentario, aparentemente anecdótico, escondía algo mucho más grave: un racismo petulante, disfrazado de chascarrillo histórico, según el cuál solo determinadas creencias otorgan el DNI de “auténtica españolidad”. ¿Era Averroes menos cordobés que el Gran Capitán? ¿Era Ibn Tibbon menos granadino que Álvaro de Bazán? ¿De verdad alguien puede sostener, con un mínimo de rigor, una jerarquía moral entre quienes han habitado esta tierra?
Lo que este gran periodista —seguido por cientos de miles de personas cada día desde su programa— olvidó en su desganada gracia es que gran parte del saber clásico que hoy conocemos y veneramos sobrevivió gracias a los filósofos, científicos y traductores hispanomusulmanes. Que la Península Ibérica fue puente, no muralla. Que mientras en buena parte de Europa se quemaban libros y se repudiaba el conocimiento, aquí, los libros se copiaban, se estudiaban y se enviaban a monasterios donde se preservaba la memoria del mundo. Que la ingeniería hidráulica andalusí sigue funcionando, literalmente, bajo nuestros pies. Y que el idioma que este señor usa cada mañana en la radio está teñido de arabismos que hacen del español una lengua singular en el concierto románico.
Han pasado varios días desde aquella gala y aún me dura la irritación. No por su chiste, sino por lo que revela: una ignorancia orgullosa, la más peligrosa de todas. Esa que limpia la historia para acomodarla a un relato nacional simplista, que da aire a quienes rechazan la convivencia y el respeto entre culturas, que confunde identidad con exclusión y que celebra como triunfo lo que tuvo consecuencias devastadoras, especialmente en Granada, que desde la expulsión de los moriscos en el siglo XVII apenas ha logrado recomponer del todo su tejido económico y demográfico.
Ojalá le hubiera contestado allí mismo. Me quedé con las ganas. Pero al menos queda este artículo, que es una forma honesta de recordarle —y recordarnos— que Granada no necesita que nadie le explique su suerte: necesita que se conozca y se respete su memoria.

