Aún estallan en mis retinas las imágenes en las que los talibanes arrasaron con los budas de Bamiyán. Fue un mensaje claro, contundente, una consigna en el régimen que acabó con Afganistán enterrándola bajo toneladas de intolerancia, incultura y terror. También me hicieron sangrar los ojos aquellas otras imágenes en las que exaltados irrumpían en bibliotecas y museos iraquíes, ante la pasividad de las tropas invasoras de Estados Unidos. El colapso del régimen de Sadam Hussein trajo consigo la desaparición, la destrucción y el expolio de un patrimonio de valor excepcional.
Herir el patrimonio allí donde nació la civilización nos devuelve a un escenario doloroso, aunque repetido a lo largo de la historia: cada vez que estalla un conflicto –pensemos en Ucrania y la invasión rusa, o en los esfuerzos del gobierno de la España republicana para salvar las piezas del Museo del Prado durante la Guerra Civil– el patrimonio y la cultura aparecen también como víctimas prioritarias de la sinrazón.
¿Por qué decimos esto? En primer lugar, porque muchos de los patrimonialistas, pensadores y creadores que preservan ese patrimonio suelen estar entre las primeras víctimas de esos conflictos: su compromiso con la libertad, la democracia y la legalidad los convierte en estorbos a eliminar. Y en segundo lugar, porque quienes empuñan las armas rara vez se preocupan por el valor material de un legado que ha sobrevivido a los avatares de la historia. Muy al contrario: utilizan el pasado y esa historia como un arma política cargada de simbolismo con la que definir su tablero de juego a un precio cruel y excesivamente caro.
Palestina no está al margen de todo esto. El arrinconamiento histórico al que Israel ha sometido al pueblo palestino desde la fundación de su Estado a finales de la década de los 40 del pasado siglo ha ido acompañado también de un cerco a su cultura. Lo que ocurre desde hace dos años en Gaza tiene mucho de devastación cultural. El embajador palestino en España, Husni Abdel Wahed, aprovechaba su presencia en el Mondiacult de Barcelona para denunciar no solo el sufrimiento de la población civil, sino también la destrucción de su memoria cultural. Israel no solo borra la huella física de los palestinos: trata de hacer desaparecer también los vestigios de su historia y su identidad.
Y en una de las paradojas más crueles o poéticas de nuestra historia, solo la cultura es capaz de ponerse al frente de su propia destrucción. Porque donde las armas borran, la palabra, la música, la memoria o la piedra tallada vuelven a abrir caminos. La cultura no se resigna: es víctima, sí, pero también vanguardia; señala a su verdugo y, al mismo tiempo, sostiene la esperanza de los pueblos. La cultura es siempre la respuesta ante cualquier cuestionamiento y de ella brota siempre la esperanza última, nos brinda un legado que es memoria y es luz.
Tenemos ejemplos muy claros: el Festival de Cine de Sarajevo, que empezó su andadura en plena Guerra de Bosnia; la Orquesta Barenboim-Said, un proyecto musical sostenido por músicos israelíes y árabes, también europeos, liderado por Daniel Barenboim y Edward Said; el Guernica de Picasso, que será siempre un alegato contra la violencia y las guerras que masacran a la población civil; o el propio Museo de Bagdad, reabierto tras la invasión y convertido en símbolo de memoria y reconciliación.
Defender la cultura no es un gesto estético, sino una tarea de supervivencia colectiva, un ejercicio de humanidad que nos reconcilia con nuestros hechos más oscuros. Quien protege una biblioteca, un cuadro, una canción, está también defendiendo la dignidad humana. Nos hace ver que no todo está perdido. Por eso, incluso en los tiempos más oscuros, la cultura traza la frontera entre barbarie y civilización, entre silencio y futuro.

