Con la llegada del Miércoles de Ceniza, la Iglesia marca el inicio de un tiempo de reflexión,
penitencia y esperanza: la Cuaresma. Para el mundo cofrade, no es solo una etapa litúrgica; es
el pistoletazo de salida espiritual y organizativo hacia los días grandes de la Semana Santa.
Aunque cada vez lo que implica la Cuaresma para el mundo cofrade comienza antes – hemos
llegado a acuñar el término “precuaresma”- ahora es cuando el calendario empieza a apretarse.
Las casas de hermandad son un “bulle bulle” de actividad y en ellas se percibe un ambiente
distinto: más intenso, más emocionado, más consciente de la cercanía de aquello para lo que
todo el año se ha estado trabajando.
Tiempo de cultos y vida interna
La Cuaresma es, ante todo, un tiempo de cultos. Quinarios y triduos se suceden en los templos,
convocando a hermanos y devotos a profundizar en la fe y a prepararse interiormente para la
Pasión, Muerte y Resurrección del Señor.
Las juntas de gobierno redoblan esfuerzos. Se ultiman detalles organizativos, se revisan
nóminas, se coordinan equipos de diputados y mayordomos y se perfilan horarios. Pero más
allá de la logística, se insiste en la formación y en la participación activa de los hermanos en la
vida sacramental. Porque antes que desfile procesional, la hermandad es comunidad.
En paralelo, la actividad se multiplica. Las cuadrillas de costaleros intensifican sus ensayos. En
los talleres, bordadores y artesanos dan los últimos retoques. Se revisan bambalinas, se
limpian varales, se ajustan respiraderos.
Pero la Cuaresma también es un tiempo íntimo. El cofrade revisa su túnica, plancha el antifaz,
comprueba cíngulos y guantes. Las mantillas se sacan del cajón para que se vayan aireando.
Es un gesto sencillo, casi doméstico, que encierra un profundo simbolismo: prepararse por
fuera para lo que debe vivirse por dentro.
No faltan las papeletas de sitio, los reencuentros en la casa de hermandad, las conversaciones
sobre itinerarios o previsiones meteorológicas (ay, el tiempo). La ilusión se mezcla con la
responsabilidad, porque cada detalle cuenta cuando se trata de ofrecer testimonio público de
fe.
Y es que la Cuaresma nos invita a detenernos, especialmente en esta sociedad acelerada y
cambiante en la que vivimos.
La cuenta atrás ya ha comenzado. Cada ensayo, cada misa, cada reunión es un paso más
hacia esos días en los que las calles volverán a convertirse en templo abierto y las imágenes
recorrerán la ciudad entre incienso y silencio.
Mientras tanto, la Cuaresma late en el interior de cada cofrade, recordándole que la verdadera preparación no se mide en metros de recorrido, sino en la disposición del corazón.

