Granada vuelve a mirar al futuro con un horizonte común: la capitalidad cultural europea en 2031. Más allá de la meta, lo que se plantea es un viaje colectivo que puede transformar la ciudad si sabemos construirla juntos.
El ser humano es así: necesita metas, hitos, para avanzar en su devenir. Los objetivos son como ese motor cuya combustión nos activa y altera; nos brindan oportunidades que, trazadas como una meta, parecen más viables. Las ciudades, como construcciones humanas, no le van a la zaga. Recuérdese el mítico año 1992, momento que supuso la entrada de España en la modernidad: la llegada al contexto de las sociedades democráticas y avanzadas de ese mundo occidental que aún miraba con recelo al país que había sufrido la última gran dictadura fascista del continente, dejando morir al dictador en su cama tras cuarenta años de sombras.
Granada, que quedó inexplicablemente fuera de los fastos de aquel 92, ha intentado tener también su fecha iniciática, su momento bisagra para salir del eterno lamento. Ha habido varias oportunidades con mayor o menor éxito. La primera, los mundiales de esquí del 95, que se debieron posponer al 96 por la falta de nieve —representación tangible de la malafollá local— y que transformaron nuestra estación invernal, la presentó al mundo y nos permitió conocer cuán imbécil podía llegar a ser Alberto Tomba. El siguiente intento fue la precandidatura olímpica para 2010, que, desgraciadamente, tuvo más de “pre” que de candidatura.
Ahora nos enfrentamos a una nueva oportunidad, una nueva excusa a la que abrazarnos con la ilusión que nos queda (reconozcamos que nuestro carácter es un poco abúlico y que los mazazos han sido varios). La candidatura para ser Capital Cultural Europea en el año 2031 debe ser un espacio en el que la sociedad civil granadina se encuentre en pos de un objetivo común que, tal vez, no sea tanto el logro de la meta final como el camino apasionante que aún nos queda por delante.
Escribió Konstantinos Kavafis: “Cuando salgas hacia Ítaca, ruega porque el camino sea largo, lleno de peripecias y descubrimientos.” Siempre he defendido esa postura en torno a la capitalidad: lo importante no es tanto llegar a la meta como saber construir un proyecto en torno al cual nos reconozcamos y seamos capaces de sentar las bases para la Granada de las próximas décadas.
Nadie nos va a negar el peso cultural que nuestra tierra tiene en Andalucía, España y Europa. Su oferta, su patrimonio, el talento de sus creadores y creadoras han hecho de Granada un punto de encuentro que hunde sus raíces en la noche de los tiempos y que la han situado en las vanguardias de cada época. Mujeres y hombres de Granada, y desde Granada, han modificado las bases del conocimiento en momentos muy puntuales y de manera constante. Pero ha llegado el momento de que todo ese potencial, todo ese talento, se ponga al servicio de una misma causa que permita la construcción de una idea sobre la que pivotar el movimiento de toda una ciudad.
En los últimos años, la ciudad ha vivido una especie de renacimiento cultural tras una época bastante oscura. Desde el Ayuntamiento, en los periodos 2016–2019 y 2021–2023, se impulsó la conversión del municipio en un inmenso escenario, donde la cultura reconquistó los espacios públicos para llenarlos de música en directo, de circo y de arte urbano… devolviendo el valor al talento y al talento, la ciudad. Con esos cimientos, Granada asume el reto de ser tomada en consideración por instituciones públicas y privadas para hacer de ella lo que siempre ha sido: una tierra netamente cultural y creativa.
La actriz y empresaria teatral Yanisbel Martínez, de la compañía de títeres Etcétera, lo expresó recientemente con claridad: “Granada 2031 no es solo una candidatura, es la afirmación política y ética sobre el lugar que la cultura debe ocupar en nuestra sociedad y en nuestras vidas. Granada 2031 es un acto de amor, de cuidado, de fe en el presente y en el porvenir.” No se puede decir mejor.

