Fandila llega al Teatro Alhambra el próximo 31 de enero para desplegar un repertorio marcado por la memoria, riesgo y emoción, confirmando su capacidad para transformar el legado popular en una experiencia viva y sorprendente. Las entradas ya están disponibles en la página web oficial del Teatro Alhambra desde 8 euros.
Tradición, fantasía y «música Jándula»
Fandila nació como un dúo flexible formado por los profesores Moncho Rodríguez y María Vallejo, y desde sus inicios ha transitado en un territorio propio dentro del folk de autor. Su repertorio hunde las raíces en las tradiciones ancestrales del campo andaluz, que el grupo revisita y transforma para llevarlas hacia un contexto escénico contemporáneo.
Esa mirada abierta les ha permitido compartir proyectos tan singulares como el concierto celebrado en 2018 en el Palacio de Congresos de Granada, donde coincidieron con parte de Lagartija Nick, el folclorista Manuel Mateo y la inclasificable Lorena Álvarez.
En su particular chistera conviven estribillos populares, cantos antiguos, poesía propia y ajena, música tradicional y actual, pero sobre todo, ternura, ironía, amistades y talento. El resultado son directos extensos y llenos de imaginación, donde la fantasía se despliega entre palomas volanderas, conejos dóciles y hasta unicornios azules.
Según el formato del escenario, Fandila puede crecer hasta convertirse en un septeto. Incluyendo a Guillermo Morente al contrabajo y al bajo eléctrico, Rafa Lozano a la batería y las percusiones, Lucas Valera al violín y los samplers, Mario Huertas a la flauta y el saxo, y Jacobo Muñiz a la zanfona.
Fruto de su evolución es «Arde el paraíso», un primer larga duración ambicioso grabado junto a José Luis Salmerón que marca un punto de madurez en su trayectoria. Un álbum que nace como resultado de años de búsqueda de una identidad sonora propia, más allá del folk, alimentada por sonidos mediterráneos, influencias lejanas y cercanas, y sutiles elementos electrónicos, con la mirada puesta en el pasado para avanzar.
Su repertorio parte de un trabajo de campo constante en el que se desdibujan las fronteras entre la herencia oral y la creación futura. A esa mezcla, la llaman Música Jándula: una forma de nombrar una tradición revisada sin caer en el tópico.
Moncho siempre defendía que “se puede hacer distorsión con un violín y ser punk con una mandola”. El paso del tiempo solo ha confirmado esa intuición, sino que ha suavizado el ímpetu inicial, puliendo el lenguaje y afinando la sensibilidad hasta alcanzar una belleza casi hiriente.

