A veces me pregunto en qué momento aprendimos a encogernos un poco para caber en todas partes. No hablo solo de ir por la acera pegadas a la pared o de cruzar la ciudad con las llaves en la mano. Hablo de ese gesto casi imperceptible con el que muchas mujeres rebajamos la voz, suavizamos una opinión o nos hacemos a un lado para no incomodar. Hay una forma de medir el espacio que no aparece en ningún plano urbanístico y, aun así, condiciona una vida entera: el espacio simbólico que sentimos que podemos ocupar sin que se nos cuestione, el lugar que tomamos en una conversación, la libertad con la que pedimos algo, disentimos o decimos «aquí estoy».
En ese mapa invisible, las mujeres seguimos partiendo de un territorio más estrecho. En una reunión familiar, son frecuentes las mujeres que sostienen las tareas diarias —horarios, comidas, citas médicas, cuentas— y, aun así, quedan en segundo plano mientras aquellos que menos participan en esa carga se llevan el protagonismo de la conversación. En una cena entre amigos, no es raro que sea él quien tome la palabra, quien explique, quien concluya, incluso cuando ella conoce mejor el tema. Y en una oficina, muchas profesionales con años de experiencia siguen calculando cuántas veces pueden intervenir sin parecer «demasiado» lo que sea. No hablamos de mala voluntad deliberada, sino de inercias culturales. Hemos normalizado que la voz masculina ocupe el centro con más naturalidad, mientras la femenina se administra, se mide, se justifica.
Esa misma lógica también aparece cuando miramos las estructuras de poder. En los últimos años hemos visto avances importantes: la presencia de mujeres en puestos directivos ha crecido y España se sitúa por encima de la media europea en cargos de dirección ocupados por mujeres. Sin embargo, cuando miramos la silla donde realmente se decide el rumbo de una empresa —la de CEO— la distancia se hace evidente: solo el 18,5 % de las compañías españolas tienen hoy una mujer al frente, diez puntos menos que hace tres años.
En paralelo, la brecha salarial se mantiene estancada en torno al 20 %. Los hombres ganan de media más de 5.000 euros al año por encima de las mujeres. Es decir, hemos entrado en el mapa, pero el espacio de poder y de reconocimiento sigue siendo mucho más amplio para ellos que para nosotras.
El espacio público tampoco es neutral. Distintos trabajos sobre la percepción urbana desde la mirada de las mujeres muestran cómo una misma calle puede vivirse como un lugar de paso rápido o de estancia tranquila según quién la transite. Muchas aprenden a diseñar recorridos “seguros”, a evitar ciertas zonas, a ajustar horarios o incluso a escoger la ropa pensando no solo en el clima, sino también en las miradas. No se trata de que sean más temerosas, sino de que cargan con un tipo de alerta que rara vez se exige a los hombres. La consecuencia es clara: también en la ciudad nuestra manera de ocupar el espacio está mediada por la prudencia, por la anticipación y por una pregunta constante sobre hasta dónde podemos estar sin sentirnos expuestas.
Incluso entre mujeres hemos heredado dinámicas que limitan ese espacio. La palabra «sororidad» ha ayudado a poner sobre la mesa la importancia de apoyarnos, pero la realidad es más compleja. En un sistema que durante décadas ha premiado la adaptación silenciosa, no es raro que algunas mujeres que han llegado lejos sientan la necesidad de proteger su posición, de marcar distancia, de mirar con cierta desconfianza a otras que se atreven a ser más visibles o más directas. No es solo una cuestión estructural; también requiere una revisión interna: dejar de medirnos entre nosotras con criterios más duros de los que aplicamos a los hombres y dejar atrás los viejos estereotipos de la “buena/mala mujer» que tanto estrechan el margen de comportamiento aceptable.
Todo esto tiene un efecto silencioso, pero muy real: muchas mujeres siguen dudando a la hora de ocupar el lugar que les corresponde. Dudan al hablar primero, al decir que no, al expresar ambición sin envolverla en disculpas, al mostrar firmeza sin añadir una sonrisa para suavizarla. Dudan en casa, en el trabajo, en la calle y en sus relaciones. Pero no se trata de pedir más espacio que nadie, sino exactamente el mismo: el de poder estar, opinar, liderar, equivocarse y acertar con la misma libertad con la que lo hace cualquier hombre.
Reclamar ese espacio no es una guerra contra ellos, sino una apuesta por una sociedad más justa para todos. Una sociedad en la que una mujer pueda querer ser madre o no serlo, quedarse en su pueblo o dirigir una multinacional, hablar poco o mucho, ser cálida o reservada, sin que su género determine automáticamente cuánto se le permite ocupar. En la que llegar a ser CEO, presidenta de una comunidad o portavoz y proveedora de una familia no sea una excepción que haya que justificar, sino una posibilidad tan normal como para un hombre. En la que el talento, la responsabilidad y el compromiso pesen más que los estereotipos.
Quizá el primer paso sea dejar de encogernos. Empezar a hablar sin pedir permiso, a ocupar la silla que nos corresponde en la mesa, a caminar por la calle con la seguridad de quien sabe que también es suya, a levantar la mano en una reunión sin tener que justificar por qué lo hacemos. No para desplazar a nadie, sino para dejar claro que la mitad de la sociedad no puede conformarse con la mitad del espacio simbólico. Porque una sociedad verdaderamente igualitaria no es aquella en la que las mujeres aprenden a adaptarse mejor, sino aquella en la que ya no necesitan hacerlo para ser vistas y legitimadas.

