España es uno de los países del mundo con un mayor (y mejor conservado) patrimonio histórico. Y ese patrimonio está tan imbricado en el trazado urbano de nuestras ciudades que, como en el caso de Granada, conforma barrios enteros apenas modificados durante cientos o miles de años, que se han mantenido vivos gracias a sus vecinas y vecinos: los mismos que, generación tras generación, han constituido la sangre de sus calles. Pero esos barrios se desangran; algunos lo han hecho ya. Lo que hasta hace nada eran entramados repletos de vida corren hoy el riesgo de convertirse en meros decorados, parques temáticos fagocitados por una avalancha de turistas que ha hecho incompatible la presencia del visitante con la cotidianeidad de quienes eran su parte más esencial.
Parece que hemos asumido con naturalidad que el patrimonio histórico es una especie de escenografía de atrezo, un telón de fondo ideal para turistas con ganas de un “auténtico barrio andaluz” donde ya casi nadie puede permitirse vivir. Pero lo auténtico, lo que de verdad sostiene el alma de una ciudad, siempre ha tenido un enemigo natural: la tentación de convertirlo en decorado.
El Albaicín es hoy el caso de estudio perfecto. Lamentablemente, no es el único. Nuestro país está repleto de ejemplos que siguen el mismo camino que la colina granadina situada frente a la Alhambra: un barrio que durante siglos fue un ecosistema cultural, social, religioso y cotidiano; y que ahora sobrevive entre cientos de apartamentos turísticos y sin control, comercios tradicionales prácticamente desaparecidos, dinámicas de mercantilización que no dejan ningún bienestar en el propio barrio y unas administraciones públicas que parecen más pendientes de la postal que de la vida que hay (o había) detrás. Porque esta es otra verdad incómoda: todo este proceso genera muchísimo dinero… pero no para quienes viven allí, que solo reciben ruido, expulsión, pérdida de servicios y una competitividad inmobiliaria imposible.
A esta deriva se suma algo que ya resulta innegable: el rotundo fracaso de la gestión urbanística del Albaicín. Sin un Plan Especial actualizado, exigente y operativo, no hay protección que valga. Sin un PEPRI reformado y aplicado con rigor, da igual la sensibilización, las campañas o los discursos: no hay forma de garantizar un uso sostenible del barrio. Y ahí hemos fallado como ciudad. Porque sin regulación seria no hay equilibrio posible entre patrimonio, vida cotidiana y derecho a habitar.
Por suerte, la ciudadanía suele estar más despierta que sus instituciones. Y ahí está la plataforma Albaicín Habitable, por ejemplo, para recordarnos cada día que un barrio no es un parque temático y que los vecinos no son figurantes de una película que no han elegido protagonizar. Porque esto es muy importante: ellas y ellos no han elegido ser elementos decorativos para ser fotografiados. Tienen la suerte de vivir en un entorno único y son conscientes como nadie de que ese privilegio puede provocar algún peaje, un peaje que siempre han asumido sin queja… hasta que esto se ha ido de madre.
Volvamos a Albaicín Habitable y a su más reciente campaña en redes sociales. Empecemos por catalogarla como es: brillante y sencilla; humor, datos incómodos, y una idea que debería grabarse en mármol en la Plaza de San Nicolás: sin vecinos, no hay barrio; y sin barrio, no hay patrimonio.
La cultura es la procesión que pasa y el patrimonio es esa puerta de más de mil años que conecta dos zonas de un barrio. Pero también es el bar que cierra cuando toca, el panadero que madruga, la niña que baja la cuesta para ir al colegio, la señora que riega las flores en la placeta y el chavea que coge el autobús para cruzar medio barrio y bajar al centro. Cuando desaparecen esas vidas, lo que queda es una postal muy bonita… y completamente muerta. Un decorado, al fin y al cabo.
Lo más curioso de todo esto es que nunca verás a una institución reconocer que está convirtiendo barrios en escaparates. Al contrario: se organizan semanas temáticas, se inauguran rutas, se presentan planes y proyectos que prometen “revitalización”. Y muy pocas veces se contará con los verdaderos protagonistas del barrio: sus vecinas y vecinos. Podría matizar esto —no todas las administraciones actúan del mismo modo y las diferencias ideológicas también cuentan—, pero cuando el diagnóstico es compartido por vecinos y plataformas, sobran las excusas y toca ejercer la autocrítica. Es muy difícil decir algo convincente cuando un vecino intenta volver a su casa sorteando maletas con ruedas, grupos turísticos que no cumplen con la legalidad o cámaras de fotos.
El patrimonio, si no se protege, se banaliza. Se convierte en selfie. Y del selfie al vacío solo hay un clic.
La asociación de vecinos lleva años denunciándolo, y Albaicín Habitable lo dice sin rodeos: proteger un barrio empieza por algo tan revolucionario como hacer posible que la gente viva en él. Transporte digno, alquiler razonable, control de la turistificación, un comercio de verdad —no de escaparate— y decisiones públicas que favorezcan la vida y no la postal. Y, sobre todo, un urbanismo serio, moderno y valiente, que deje de mirar hacia otro lado.
No es pedir tanto. Es pedir lo mínimo. Y lo mínimo, a veces, es lo único que sostiene un barrio.

