Han levantado escenarios, escrito libros, compuesto músicas y gestionado espacios sin ocupar el centro del relato. Las creadoras han resistido al olvido y al ruido de la costumbre. Contra el silencio, siguen haciendo cultura.
Escribe la escritora rumana Ioana Gruia en su debut como articulista en la revista Literal, Latin American Voices: “En el caso de las mujeres artistas o escritoras, disponer de un tiempo propio se vuelve a menudo un agotador encaje de bolillos, y la imposibilidad de conseguirlo se convierte en una fuente de frustración con dolorosos efectos en la vida y el arte o la escritura”. El artículo se titula ‘La escritora descansada’ y está escrito con una dulzura implacable.
Hoy quiero arrancar con ese texto porque me apetece señalar el papel no solo importante, sino heroico, que desempeñan las mujeres en la creación cultural. Su voz, silenciada en tantas ocasiones, está presente en el tejido creativo que la historia ha ido bordando en nuestras ciudades. Esa voz ha de salvar muchos obstáculos, infinitos más que la de los hombres. Y cuando logra superar todos los escollos —los cuidados, los techos de cristal, las brechas de todo tipo, los obstáculos patriarcales— su sonido no deja de ser un eco lejano, un susurro apenas perceptible en el espacio urbano de la memoria.
No hay más que mirar el callejero, las ceremonias en las que se distingue a las personalidades que forjan con su trabajo el perfil de la ciudad, los reconocimientos públicos. Ellas siguen asfixiadas bajo el peso de una realidad que se niega a cambiar, que se empeña en mantener los privilegios masculinos en el altar sacrosanto e inviolable de la (mala) costumbre.
Pongamos el foco en Granada. Año 2025. Las personas e instituciones distinguidas por su Ayuntamiento para los honores y distinciones solo cuentan con dos mujeres. Una de ellas es la artista Dolores Montijano. Nombre totémico en el mundo de las artes plásticas, hizo de su casa en el barrio del Realejo un taller que estremeció a sus contemporáneos y empujó hacia nuevas cotas de vanguardia el mundo del grabado en el que ella —y todas sus circunstancias— se hizo imprescindible. Su obra se puede ver en el Museo Reina Sofía (Madrid) o en el Ermitage de San Petersburgo, por citar solo dos ejemplos. Fue la primera Medalla Internacional de Grabado y, además de madre de cinco hijos, madre también de grupos artísticos del peso del Taller Experimental Realejo o el Grupo Q. Han tenido que pasar casi dos años desde su muerte para que Granada le brinde un reconocimiento público a la altura de su obra.
Sigamos. Granada dedicará dos calles a dos de sus pintores: Enrique Padial y José Guerrero. Así se ha aprobado hace pocos días. Pero ¿y sus pintoras? La propia Montijano o, si nos vamos más atrás en el tiempo, Aurelia Navarro. ¿No deberían estar también ellas o tantas otras entre las merecedoras de una presencia viva en el callejero? El caso de Navarro es paradigmático: hasta hace cinco años apenas se la conocía, pero una exposición en el Museo del Prado (Invitadas, 2020) rescató su obra y su nombre para desvelar la trágica historia de esta granadina, recluida en el convento de las Adoratrices por expreso deseo de su padre, que temía sus “coqueteos con la pintura”. Con aquella decisión, no solo se truncó la carrera de una pintora excepcional, sino que se encerró la libertad de una mujer que solo quería pintar.
La lista de granadinas brillantes es inabarcable, a pesar del silencio que las rodea y oprime. A pesar de la doble o triple dificultad que todas ellas han tenido —y tienen— para disponer de ese tiempo propio del que habla Gruia, para salir del mundo de los cuidados, para que su espacio necesario como creadoras tenga el mismo valor que el de los creadores. Esas mujeres mejoraron y mejoran la cultura, el deporte, la ciencia, el derecho, la acción social, aunque apenas se las deja hacer historia.
En nuestras manos está que las ciudades del futuro —Granada también— se parezcan más a todas ellas: las conocidas y las anónimas, las que lo lograron y las que no dejan de intentarlo. Ciudades libres, creativas, incómodas para las desigualdades, luminosas.
Las mujeres nos enseñan que la creación y el talento son formas de resistencia.

