En Córdoba no solo se jugó un partido de baloncesto, se jugó también una declaración de intenciones. El marcador fue claro: Unicaja venció al Covirán Granada por 89-81 y levantó su enésima Copa Andalucía. Pero lo que se escuchaba en las gradas iba por otro lado. Había comentarios cruzados, murmullos que parecían eco: “Este año estamos mejor”, “Nada que ver con el curso pasado”. Y era cierto.
El Covirán salió con descaro, con seis triples seguidos que encendieron a la afición. Durante minutos, los granadinos marcaron el ritmo, con Thomas y Kljajic como protagonistas. La gente se miraba como quien no cree lo que ve: el equipo circula mejor el balón, defiende con más hambre y transmite una energía diferente. La sensación es que algo se ha movido dentro del vestuario y se nota en la pista.
Después, claro, el partido cambió. En el último cuarto apareció Kravish con una racha demoledora de doce puntos consecutivos. Unicaja, con Perry como cómplice, dio la vuelta al encuentro y cerró la final a su favor. Pero hasta ese momento el Covirán fue un rival incómodo, de esos que no se arrugan, y esa es la verdadera noticia.
Porque, al fin y al cabo, esto es pretemporada. Ni cuando ganamos a Cáceres estábamos ya clasificados para la Copa del Rey, ni ahora, por perder contra Unicaja, estamos descendidos. El deporte tiene su propio tiempo y conviene recordarlo. Lo importante ahora no es el trofeo, sino la sensación que se llevan los aficionados al salir del pabellón.
Y lo que se llevaron hoy los rojinegros fue ilusión. La certeza de que este equipo ha dado un paso adelante. Que el resultado es lo de menos cuando ves actitud, frescura y mejora. Por eso, más allá del 89-81, lo que queda es una promesa: la de un Covirán que este año quiere competir de verdad.

