Escribo este artículo pocas horas después de conocer que, en la calle Ángel Ganivet de mi ciudad, Granada, se están colocando unos palcos muy parecidos —o iguales— a los que se instalan cada Semana Santa para ver el paso de las hermandades por la carrera oficial. Pero en esta ocasión, al parecer, la causa no es tan magna ni tan tradicional. Parece que una carrera de karts provoca tal despliegue, y me quedo perplejo.
No es un caso aislado. Cada cierto tiempo, nuestras ciudades ceden su espacio público a eventos que apenas dejan huella más allá del ruido y la incomodidad. Son actividades franquicia que no aportan valor, que contradicen cualquier criterio asociado a la sostenibilidad, a la calidad de vida o al respeto por la convivencia vecinal. Propuestas que convierten las calles en escaparates alquilados, idénticos en Granada o en Soria.
Y mientras contemplo este fenómeno al que pocas urbes se sustraen, tengo la sensación de que muchas de ellas avanzan sin dirección. Que los calendarios sustituyen a los proyectos, que el corto plazo marca el devenir de las agendas y que la gestión se confunde con la visión.
Toda ciudad que merece la pena —las que permanecen en la memoria— tiene algo en común: un proyecto. Una idea de sí misma. Un horizonte claro sobre el que descansa la tarea de quienes tienen la responsabilidad de gobernarla. Granada necesita volver a pensarse, mirarse al espejo y preguntarse qué quiere ser.
No basta con pavimentar calles o con llenar los fines de semana de festivales y turistas que, a su vez, expulsan a los vecinos y dificultan la vida de quienes hacen ciudad todos los días del año. Hace falta un relato común que una a los barrios, que respete lo que somos y que nos proyecte hacia el futuro sobre una base sólida y trabajada. Y ese relato necesita construirse sin olvidar la cultura y el patrimonio.
El patrimonio no es una etiqueta ni una excusa; no es un museo a cielo abierto ni una postal congelada y alcanforada. Es la piel de la ciudad, su manera de recordarse y de reconocerse. En una ciudad patrimonial, cada piedra, cada plaza, cada torre es una página de historia compartida escrita con muchas manos.
Pero el patrimonio también puede ser una palanca: un motor de desarrollo, de empleo, de orgullo colectivo, una oportunidad para hacer ciudad y construir riqueza. Cuidarlo no es un gesto romántico; es una estrategia de futuro.
La cultura, por su parte, es el hilo invisible que teje la convivencia y construye los puentes sobre los que transitamos todos reafirmando nuestra conciencia cívica. Donde hay cultura hay diálogo, hay comunidad. Por eso, cuando una ciudad se olvida de la cultura, se deshabita. Miremos lo que sucede en los centros históricos de tantos municipios: pueden seguir llenos de gente, pero vacíos de sentido, incluso de vidas, las que conforman elnorganismo que les dio vida dura te siglos y hoy languidecen sepultadas en el plástico de los artificial.
La ciudad que se piensa a sí misma es la que entiende que el patrimonio no es pasado, sino presente; que la cultura no es un gasto, sino una inversión; y que la belleza también es un derecho. La ciudad que se piensa y se proyecta no precisa espejos donde compararse ni franquicias que disimulen un brillo de cartón piedra. Sabe dar el siguiente paso sobre la firmeza del anterior y no se arruga ante las dificultades sobrevenidas. El norte de su brújula señala un camino inexorable.
Quizá haya llegado el momento de preguntarnos de nuevo quiénes somos y hacia dónde queremos ir. Porque solo desde esa pregunta —y desde la cultura como respuesta— podrán Granada, Córdoba, Sevilla o Segovia seguir siendo las ciudades que amamos, y no parques temáticos cada vez más alejados de su personalidad y más próximos a la vulgaridad.
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Ciudades que olvidan su alma
Juanjo Ibáñez
Granada, 1975. Periodista. Licenciado en Derecho por la UGR, Máster en protocolo. Concejal del PSOE en el Ayuntamiento de Granada y Secretario Provincial de Cultura y Patrimonio por el PSOE de Granada.

