Hay derrotas que duelen y derrotas que marcan. La del pasado 3 de enero ante el San Pablo Burgos pertenece claramente al segundo grupo. No fue solo un 90-107. Fue una noche en la que el Palacio de Deportes de Granada, ese lugar donde tantas veces hemos empujado a lo imposible, asumió colectivamente que algo se había roto.
Llegué al Zaidín como tantas otras veces, casi por inercia. Con el carné en el bolsillo y la cabeza llena de dudas. Un 1-12 no es una mala racha: es una señal de alarma. Y aun así, allí estábamos casi 7.000, porque este club nos ha enseñado que rendirse no es una opción. El ambiente era raro, espeso. Menos risas, más debates. Más “esto no pinta bien” que “hoy ganamos seguro”.
—¿Cómo lo ves hoy? —le pregunté, casi por cumplir.
—Mal… y eso es lo que más me fastidia. Hoy vengo pensando en cuándo se acaba.
La noticia del fichaje de Amar Alibegovic, minutos antes de entrar, fue como una bocanada de aire. No porque pensáramos que un jugador iba a salvarnos, sino porque al menos el club demostraba que no estaba cruzado de brazos. En la grada se comentaba con ilusión, pero también con ese escepticismo que solo da la experiencia: “a ver si llega para algo”.
—Por fin, vamos a ver, ¿no? Nos va a venir muy bien.
—Sí, ya lleva días aquí y entrenando, pero… esto es ponerle una tirita a una hemorragia. Y empezó el partido. Y empezó el golpe.
El primer cuarto fue un mazazo. Ver a Burgos anotar con tanta facilidad, ver nuestra defensa desbordada una y otra vez, fue desesperante. No era solo cuestión de acierto rival; era falta de colmillo, de tensión, de esa agresividad que en ACB no es negociable. Los primeros pitos aparecieron pronto, tímidos, casi con culpa. Porque aquí no nos gusta pitar a los nuestros… pero hay noches en las que la grada también dice “hasta aquí”.
Hablando con Paco comentábamos:
—No es que fallen… es que entran solos, bandejas facilitas, sin oposición.
El segundo cuarto fue un espejismo. Matt Thomas se echó el equipo a la espalda y el Palacio volvió a creer. Por momentos. Porque cada canasta nuestra encontraba respuesta inmediata en la otra canasta. Irte al descanso encajando 55 puntos en una final por la permanencia es, sencillamente, inasumible. La pitada al descanso fue dura, sí, pero también honesta. No era contra un jugador concreto: era contra la sensación de estar perdiendo sin competir como exige la categoría.
El tercer cuarto fue, quizá, lo más doloroso de todo. Porque ahí vimos que se podía. Alibegovic debutó como se le pedía: carácter, tiro y rebote. El equipo se puso a cinco.
—¡Esto sí, vamos! ¡Esto sí!
—Como nos pongamos por delante, se cae el Palacio.
El Palacio rugió como en las grandes noches. Por unos minutos volvimos a ser ese Granada incómodo, rebelde, capaz de creer en milagros. Y justo por eso dolió tanto el final.
Por unos minutos, volvimos a ser nosotros: el equipo, la grada, la ciudad. Pensé: igual hoy empieza todo…
El último cuarto fue la sentencia. Faltas, desconcierto, brazos abajo. Rousselle y Thomas fuera, Burgos sólido, nosotros desangrándonos.
—Se nos va —comentaba con mi amigo—. Y no hablo del partido.
Y entonces sí, los pitos fueron claros y directos, con nombre y apellido: Ramón Díaz. Y aquí es donde conviene parar y pensar.
Ramón no es un cualquiera. Es de los nuestros. Un entrenador de la casa, granadino, que llegó con la ilusión de toda una ciudad. Pero la ACB no entiende de sentimientos. Entiende de resultados. Y el equipo, con él, se había quedado sin respuestas. Escucharle después, roto, asumiendo toda la responsabilidad y pidiendo perdón, fue durísimo. Ahí muchos cambiamos el enfado por tristeza. Porque nadie duda de su honestidad ni de su compromiso. Simplemente, no ha salido. Y como él mismo dijo: “La ACB es una trituradora de jugadores, equipos y entrenadores y no espera a nadie”.
El club decidió actuar. Y lo hizo rápido. Arturo Ruiz es el elegido. Otro hombre de la casa. Y ahí está el debate. ¿Continuismo? Sí. ¿Última bala? También. No ilusiona como un nombre rutilante, pero conoce el vestuario, el club y la liga. Y, sobre todo, ha dicho lo que muchos llevamos semanas diciendo desde la grada: sin defensa no hay salvación.
Como aficionado, no tengo certezas. Tengo miedo, claro. El descenso está ahí. Pero también tengo algo que este club nos ha enseñado a no perder: orgullo. Seguiremos llenando el Palacio. Seguiremos apretando. Y seguiremos exigiendo, siempre desde una crítica constructiva.
Óscar Fernández se la juega con Arturo. No quiere que su club pierda esa esencia que llevó al Covirán Granada a pasar, en apenas 13 años, de no ser nada a estar en ACB.
Nadie, salvo las personas que están dentro del club, conoce todo el esfuerzo que se hace para que siga siendo lo que es. Queremos que el club dé un salto de calidad, pero debemos entender que ese salto no va a llegar sin una firme aportación económica que permita crecer. Granada es una ciudad con mucho potencial, una ciudad que se vende sola. Hay que buscar esa financiación tanto fuera como dentro de la provincia, con empresas que podrían aportar, como el Grupo Bidafarma, líder en facturación.
Y aunque no me guste, también es llamativo que organismos públicos —la Diputación de Granada, por ejemplo— aporten más del doble al Granada CF que a nuestro equipo. Es cierto que el club de fútbol es una SAD y nosotros un Club Deportivo Básico, y eso marca diferencias importantes: el beneficio no se puede repartir entre socios, a diferencia de una SAD.
Ser un Club Deportivo Básico tiene ventajas e inconvenientes:
● No se puede vender: el club no tiene acciones. No puede venir un fondo de inversión o un millonario caprichoso, comprar el 51 % y llevarse el equipo o cambiarle el escudo. El club pertenece, teóricamente, a sus socios y a la ciudad.
● Beneficio social: todo el dinero que se gana debe reinvertirse obligatoriamente en el club. Nadie se lleva dividendos a casa.
● Responsabilidad directa: si hay pérdidas graves o gestión negligente, los miembros de la Junta Directiva (Óscar Fernández-Arenas y su equipo) responden con su patrimonio personal presente y futuro.
● Techo económico limitado: el club depende de generar ingresos propios (abonos, patrocinios) o de créditos que debe devolver. No puede vender acciones porque no existen.
La despedida de Ramón Díaz fue dolorosa, pero necesaria. Duele porque se va uno de los nuestros. Porque aquí no se juzga solo el resultado, también el camino. Y el suyo fue honesto, trabajado y sentido. Pero el baloncesto profesional no espera, y menos cuando el reloj corre en tu contra.
Ahora empieza otra historia. Tal vez la última oportunidad. Y no sabemos cómo acabará. Lo que sí sabemos es quiénes somos. Somos los que vuelven al Palacio aunque duela. Los que aprietan aunque tengan miedo. Los que critican, sí, pero no abandonan. Porque este club no se entiende sin su gente, ni la grada sin el equipo.
En Granada hemos aprendido que creer no siempre garantiza ganar, pero dejar de creer sí garantiza perder. Por eso, aunque a veces el Palacio se quede en silencio durante un cuarto, siempre acaba rugiendo. Porque aquí, pase lo que pase, seguimos y seguiremos.
A muerte.

