El Palacio de Deportes de Granada, hoy, no era solo una cancha de baloncesto; era la sala de un gran teatro donde el destino había decidido poner en escena un acto inolvidable. Y nosotros, la Marea Rojinegra, estábamos en la grada con esa mezcla de nerviosismo de primer día y la conciencia de que éramos testigos de algo histórico.
El telón se alzó a las 12:00, y lo primero que vimos no fue un ataque, sino un homenaje. La bienvenida a Ricky Rubio fue un instante de piel de gallina. Veinte años después, el niño que debutó aquí con 14 volvía adulto, renovado, con la misma camiseta de la Penya. El aplauso fue cerrado, sincero. Un gesto de respeto que solo esta afición, que entiende de sentimientos, puede dar. En la cancha, el hombre que volvía nos dio un aperitivo de su arte, esa visión de juego que es casi un milagro. Su reestreno fue una exhibición, con 18 puntos y 30 de valoración en poco más de 19 minutos, un recital que terminó siendo la losa que nos cayó encima.
El peso del debut y la aparición del Mesías croata
El partido empezó con el Covirán demasiado nervioso. La presión de la grada y del debut nos atenazó. El Joventut, sólido y con las ideas muy claras gracias al regreso de Ricky, se fue pronto en el marcador (17-30). En esos momentos de duda, el aficionado aprieta los puños y se pregunta si la cuesta de la permanencia va a ser tan empinada.
Pero en Granada, cuando la cosa se pone fea, siempre aparece un faro. Hoy fue Luka Božić. Al croata le dio igual el debut, los nervios y la leyenda que tenía enfrente. Él salió a jugar a lo suyo: baloncesto de verdad, puro, sin estridencias. Su actuación fue, sencillamente, memorable. Con 33 de valoración, se echó el equipo a la espalda en el momento más crítico. Fue un golpe de fe que nos devolvió la voz a la garganta. Gracias a él, y a una reacción de orgullo, logramos irnos al descanso con el partido abierto (32-34).
Un tercer cuarto que dolió Si el descanso fue un suspiro de esperanza, el inicio del tercer cuarto fue la realidad golpeándonos de frente. Ahí se decidió el partido. La Penya salió a morder, con Simon Birgander sumando y el Covirán fallando esos tiros que, desde la grada, siempre parecen fáciles. Se hicieron de nuevo con la ventaja, y pese a que luchamos como jabatos, la diferencia de once puntos con la que se entró en el último cuarto (53-63) ya era un muro difícil de escalar.
En los minutos finales, lo intentamos todo. La grada se convirtió en un manicomio de pasión, gritando cada defensa, cada rebote. Matt Thomas, bien defendido toda la mañana, consiguió un par de canastas para apretar el marcador (71-76), dándonos ese último soplo de fe. Pero la veteranía del Joventut y, seamos honestos, el gran día de Ricky y sus compañeros, no permitieron el milagro. El partido murió con el 75-87 en el marcador.
Nos fuimos a casa con la primera derrota, sí. Pero un aficionado no solo mira el resultado. Nos llevamos la certeza de que este equipo tiene a un jugador mágico, un tal Luka Božić,capaz de enfrentarse a los gigantes.
Y nos llevamos, sobre todo, el recuerdo de una mañana en que la historia del baloncesto se detuvo en nuestro Palacio. Hemos perdido, pero hemos visto magia. Y eso, en Granada, es empezar la temporada con buen pie.
Cuando la afición salía del palacio escuche a mucha gente comentar lo mismo, “esto acaba de empezar” “La penya no es la de otros años” “y con este equipo a muerte, tenemos que seguir unidos”
El libro acaba de empezar. La fe está intacta. Y el próximo capítulo, el del reencuentro con Pablo Pin, va a ser de esos que no se olvidan. Capítulo II: El regreso de un amigo (vs. Baskonia) nos espera el 19 de octubr

