(Quiero recordar como he vivido este verano y os lo quiero contar por aquí…)
Me he enterado de que mi equipo, el Covirán Granada, ha regresado a la ACB y lo ha hecho de una forma muy particular. Me han dicho que no ha sido en la cancha, sino en los despachos. Y esto me ha hecho pensar. Dicen que hay almas gemelas que se encuentran por caminos diferentes, que se buscan sin saberlo. Y me pregunto si no es esto lo que ha pasado entre la Liga Endesa y el Covirán Granada. Un amor que se perdió, pero que el destino, con sus caprichos burocráticos, ha querido unir de nuevo.
Me imagino el alma de la Liga Endesa, que se sintió traicionada por un amor fugaz y problemático (el Real Betis Baloncesto) que no le entregaba sus papeles, que tenía deudas emocionales. Y me imagino a nosotros, el Covirán Granada, con el alma triste, vagando por los caminos de la Primera FEB, pensando que nuestra historia de amor con la élite había terminado para siempre.
De repente, un 24 de julio, esa alma de la ACB se da cuenta de que no puede seguir sola. Que necesita un alma gemela que le dé seguridad, que le dé estabilidad. Y se acuerda de esa otra alma, la de mi equipo, que siempre tuvo sus papeles en orden, que siempre se comportó de forma seria, casi como un buen padre de familia.
Se hizo el encuentro. La ACB le dijo al Covirán Granada: «Sé que nos hemos separado, pero tus papeles están en orden, tu seriedad me ha enamorado, y necesito que vuelvas a mi lado». Y el Covirán, que siempre estuvo listo, con su documentación preparada, respondió que sí. Porque las almas gemelas no necesitan grandes canastas en el último segundo para reencontrarse, solo necesitan estar preparadas para el amor.
La permanencia rojinegra no fue una carambola. Fue el fruto de una relación seria, donde la confianza y la responsabilidad en los despachos se impusieron a las vicisitudes del juego. El Covirán, como el ave Fénix de nuestro escudo, ha resurgido. Pero no de unas cenizas cualquiera, sino de la ceniza que deja la quema de los papeles bien guardados y el trabajo bien hecho. Y esa es, para mí, una de las historias más bellas del baloncesto: la de un club que ha demostrado que el amor por el juego también se vive en las oficinas.

