Pablo Pin regresó a casa. Un amigo, un entrenador, sí, y ahora segundo de abordo en el Baskonia. Consiguió algo que nunca nadie ha logrado en España: subir en solo seis temporadas a un equipo nuevo desde Primera Nacional hasta LEB Oro, para tres años después conseguir llevarlo a la ACB. Una proeza.
Y el club le debía ese homenaje. El Palacio se puso en pie. No hablamos de un aplauso, hablamos de dos minutos enteros de un rugido con su nombre, una ovación que le dolía a uno en el pecho. Era lo mínimo. Pero no quedó aquí, una camiseta gigante con el dorsal 409 (número de veces que ha entrenado a Covirán Granada) subía a lo alto del palacio rodeado de sus grandes amigos y compañeros durante todos esos años que ha estado en el equipo. Mi agradecimiento siempre será para Don Pablo Pin.
Pero hasta aquí llegó la nostalgia, porque justo después, la amistad se aparcó en el banquillo. El Covirán llegaba necesitado de victorias, con un arranque de dos derrotas. Y es que los resultados del día anterior habían metido más presión: Morabanc Andorra, Dreamland Gran Canaria y Río Breogán habían puesto su primera victoria en el casillero, dejando en la parte baja a Basquet Girona, Barcelona y, por supuesto, nuestro Granada, estos dos últimos con un partido menos.
El Baskonia, por su parte, venía herido. Con las bajas importantes de Howard, Forrest, Kurucs y la de Samanic que se unía a última hora habían tropezado dos veces en EuroLeague esta semana. Los de Galbiati llegaban, además, con la obligación de ofrecer a su afición una victoria que calmara los ánimos de un equipo que aspira a mucho más por su presupuesto.
La estocada inicial y el grito montenegrino
El inicio del partido fue un golpe de realidad. El Baskonia, a pesar de las bajas, salió con la mano caliente en el triple. Y cuando un equipo grande empieza a un metro de tres con esa facilidad, el Palacio se queda frío (6 de 8 en el primer cuarto). En la grada, nos mirábamos con resignación. La floja defensa en el perímetro fue una pérdida, y la diferencia se disparó hasta un doloroso 25-39 . La sensación era de que Pin, desde la otra banda, nos estaba leyendo la cartilla con cada posesión.
Pero la Marea Rojinegra no está hecha para rendirse en el segundo cuarto. Y el equipo, demostrando que tiene orgullo, reaccionó al calor del Palacio. El Baskonia perdió el acierto y nosotros encontramos un salvavidas llamado Jovan Kljajic . El montenegrino, con un arrojo tremendo, se puso el mono de trabajo, metiendo puntos importantes y guiando un parcial que nos devolvió al partido. De ir catorce abajo, pasó a un esperanzador 38-42 . La gente gritaba y creía. Fuimos al descanso con la certeza de que este equipo no se cae, aunque perdamos.
El empate emocional y el suspiro final
La segunda parte fue un vaivén de emociones, el tipo de partido que te deja sin uñas y sin voz. El Covirán, impulsado por una defensa más agresiva y la aparición constante de Luka Božić (que terminó siendo el mejor con 15 puntos y 18 de valoración), logró lo impensable: voltear el marcador (55-52) . En ese momento, la grada era un manicomio de felicidad. El rugido era tan fuerte que uno casi podía ver temblar el banquillo del Baskonia.
Pero el Baskonia es un equipo con colmillo. Cada vez que nos poníamos por delante, ellos respondían con la calma de la experiencia. Se entró en el último cuarto con una mínima ventaja visitante (60-62) , y de ahí al final, fue una tortura.
El partido se igualó a 72 a falta de cinco minutos. La tensión era insoportable. Tuvimos oportunidades, varias posesiones para ponernos por delante o sentenciar, pero la bola no quería entrar. Fallamos, y la veteranía de los vascos apareció en el momento clave, sellando la victoria desde la línea de tiros libres.
Quedaban 2:25 para acabar el partido e iban 77-76 Bozic recibía el balón y se llevaba un tapón de Diakite, quedando 1:22 Rousselle se llevaba otro tapon, otra vez Diakite, cuando el marcador iban 80-79. No podía ser, no me creía lo que estaba viendo, se nos escapaba la victoria en el último segundo.
La última jugada fue un acto de fe. Con 80-83 en el marcador y segundos para el final, Matt Thomas intentó el triple milagroso para forzar la prórroga. Vimos el balón en el aire, lento, con el aliento contenido… y se quedó corto.
Epílogo del amigo
La bocina sonó. 80-83 . Derrota. La tercera. El silencio en el Palacio fue espeso, doloroso.
Pero, como siempre ocurre en este nuestro club, la historia no termina en el marcador. Tras el partido, Pablo Pin fue invitado por el entrenador, Paolo Galbiati, a dar la rueda de prensa. Un gesto de deferencia que le honra. Y Pin habló con la prensa, en el mismo lugar donde tantas veces nos explicó victorias y derrotas.
Nos vamos con las manos vacías en el casillero, sin la victoria que tanto necesitábamos, pero con el corazón lleno. Hoy perdimos en la pista, pero ganamos en dignidad y emoción. Le dimos al amigo el homenaje que se merecía, y vimos a un equipo que, pese a las adversidades, pelea hasta el último aliento. La racha de derrotas duele, claro que sí, pero la fe que se tiene en este Palacio no se negocia.
Hoy he sentido mucha tristeza, tristeza e impotencia. Tristeza porque como sabéis tengo mucho cariño a este equipo y lo paso mal, e impotencia pues bueno ya sabéis a veces me gustaría saltar a la cancha y empujar ese último triple.
Toca levantarse de nuestras cenizas y renacer, no sería la primera vez que lo conseguimos, sigamos apoyando hasta el final y que escuchemos el rugir del palacio.
Próximo capítulo: Noche de leyendas (vs. Valencia Basket) Jornada 6 Domingo 9 noviembre 17:00

