Un análisis desarrollado en Estados Unidos por el investigador Ajay Kalia —responsable de Skynet and Ebert y CEO de @Alt— en colaboración con Spotify, ha revelado una tendencia llamativa: en torno a los 33 años la mayoría de adultos deja de explorar música nueva y empieza a escuchar casi siempre los mismos artistas y géneros.
El trabajo señala que, durante la adolescencia, las preferencias musicales están fuertemente influenciadas por la radio, las listas de éxitos y el entorno social. Sin embargo, a partir de los veinte años se produce un giro: la identidad musical se consolida y, con el paso del tiempo, nos volvemos menos permeables a las novedades.
Según Kalia, esta “estabilización del gusto” ocurre porque, en la madurez, la exposición a propuestas menos comerciales disminuye. La consecuencia es que la música que marcó nuestra juventud se convierte en un anclaje emocional que compite con cualquier sonido emergente. El estudio apunta además a un factor curioso: la paternidad tiende a acelerar este proceso, reduciendo aún más la disposición a descubrir nuevas bandas.
Este fenómeno no solo afecta a la relación personal con la música —también tiene implicaciones en sectores como el marketing auditivo, la ambientación comercial y el audio branding, donde las preferencias generacionales influyen directamente en el diseño de experiencias sonoras.
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